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No hay sistema
Hace escasos 20 años las máquinas eran una herramienta para complementar
las funciones que a diario ejecutaba nuestro cerebro. Ahora, parece
ser a la inversa
Julieta de Diego de Fábrega
En Panamá se va la luz con frecuencia. Eso no
es ningún secreto. No podemos decir que los apagones son crónicos
como en otros países donde la gente habla de “prendiones” para
indicar los escasos momentos en que la electricidad navega por
los cables, pero como nadie nos da crédito por el consumo de combustible
de las plantas de emergencia ni por los aparatos dañados gracias
a las fluctuaciones de voltaje, nos molestan sobremanera.
Se me antoja, por mera ociosidad,
comparar los apagones de hoy en día con los de, digamos... hace 25 años. Ustedes me dirán que
son exactamente iguales: se derrite todo lo que hay en el congelador,
no se puede lavar ropa, queda uno todo quemado con la cera de las
velas y así sucesivamente. Sin embargo, yo opino que hay muchísimas
diferencias entre un rato de oscuridad de hoy en día y uno de hace
dos décadas.
Para empezar, los niños sufren delirium tremens por
la ausencia de la televisión y de la computadora, algo que a nosotros
jamás nos ocurrió, pues de día poco se veía televisión y las computadoras
existían solo en Perdidos en el Espacio. Cuando el apagón
era nocturno tampoco implicaba un sufrimiento muy prolongado, pues
todos los menores de 14 años debían acostarse a las 8 de la noche
y mientras llegaba ese momento, nos parecía muy divertido relatar
cuentos de miedo.
En los almacenes se podía seguir comprando porque las vendedoras
sabían sumar, de forma tal que podían confeccionar la factura de
venta sin el menor contratiempo. Es más, esa era la forma usual
de hacerlas, con electricidad o sin ella. Ahora, todo comercio
que no tenga planta de emergencia queda paralizado, pues ya si
no es con sumadora, nadie suma ni resta. Y multiplicar y dividir,
bueno eso ni se intenta, es tiempo perdido.
En la oscuridad podíamos hablar por teléfono, ya que los aparatos
no dependían de una central —enchufada a la electricidad— para
funcionar. Ahora, como nadie quiere caminar, hemos introducido
en los hogares la tecnología que generalmente se reservaba para
las oficinas. Conclusión: no podemos renegar del apagón con quienes
no vivan bajo el mismo techo.
Por ser lo más divertido, he dejado a los bancos para el final.
En estas instituciones no es ni siquiera requisito que se vaya
la luz para que dejen de funcionar, basta con que se caiga el sistema
para que el mundo financiero deje de girar. Suele suceder en sábados
de quincena y a veces pienso que se debe a un sabotaje premeditado
de algún funcionario engomado que prefiere quedarse tranquilito
detrás del mostrador repitiendo como un Condorito “no hay sistema”,
mientras los clientes se van acomodando de uno en uno en las butacas
disponibles a esperar que les procesen su transacción.
Es innegable que la tecnología nos facilita mucho la vida. Es
mucho más fácil cambiar un cheque ahora que las firmas autorizadas
aparecen en la misma pantalla que indica si la cuenta tiene o no
suficientes fondos, pero ¡ay! de que el delicado balance que mantiene
las computadoras andando se altere.
Hemos eliminado toneladas de
papel. Ya los cajeros no necesitan caminar hasta el cajoncito
atiborrado de manoseadas tarjetas para
ver si el garabato en el cheque corresponde al del dueño de la
cuenta ni tienen que llamar a la sucursal donde se abrió la cuenta
y donde se custodiaba el ledger que indicaba los centavos
que un cuentahabiente poseía. En ese sentido, hemos avanzado. Pero
por otro lado, hemos desarrollado una dependencia tan exagerada
en las máquinas, que el día que no funcionan, nosotros tampoco. “Se
cayó el sistema” es sinónimo de “estoy descerebrado”. Es algo extrañísimo;
ante la ausencia de la muleta, la gente se petrifica.
Quizás fue esta misma dependencia la que inspiró a los creadores
de la película The Matrix, en la que la frontera entre los
cerebros de las máquinas y los de los humanos es una amplia zona
gris donde las funciones de ambos se entrecruzan. A lo mejor este
filme, además de ser una aventura futurista, es un timbre para
ayudar a nuestros cerebros a despertar del letargo en que los mantienen
estos aparatos que hacen todo por nosotros, hasta pensar.
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