Publicado el viernes 16 de abril de 2004 - Edición No. 741 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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LA VIDA EN FUCSIA

Complejo ‘x small’

Roxana Muñoz

Lo último: Jennifer López está gorda. Sí, así como lo leen. Yo se lo escuché en un programa de televisión: “estoy orgullosa de representar a las mujeres rellenitas”. No estoy segura de qué entiende Jennifer López por rellenita, pero sí puedo apostar a que sus pantalones no me suben más allá de las rodillas.

Tal vez la percepción de la estrella se debe al hecho de que en esto de quién está gorda o flaca hay una gran confusión. “Busca a la gorda chiquita en la foto”, le decía por teléfono el editor de moda a Ileana; por más que repasaba las fotografías no veía a ninguna gorda chiquita. Por esas señas nunca la encontró. Porque la que él calificaba como gorda chiquita era una mujer a la que la talla 10 le queda grande. Sin embargo, el editor se lamentaba de lo mucho que le había costado vestir a esta mujer enorme. Después de cerrarle indignada el teléfono, Ileana miró al resto de las mortales del departamento, “si ella es gorda, ¿qué seremos nosotras? ¿hipopótamos?”.

Pero así se piensa en el mundo de la moda. Vivimos bajo la escasa sombra de las afiladas y huesudas mujeres que salen en revistas, películas y anuncios comerciales. Las mismas que no tienen nalgas, caderas ni carne que les cubra las costillas. Y cuando aparecen levitando en las pasarelas vestidas de diseñadores costosos pensamos: “oh, oh... yo no me veo así”, pero en vez de sentirnos aliviadas pensamos: algo malo tenemos.

El hecho es corroborado cuando salimos de compras y los tops de moda no nos quedan, a menos que vengan en L ó XL. Con susto he descubierto que existe la talla x small, que no es un small más grande, sino más chiquito. Díganme si en esto no hay maldad.

En el mismo programa donde aparecía la JLo se dijo que aunque la mayoría de las estadounidenses es talla 12, muchas suspiran por la talla 8 con el afán de alcanzar el nuevo y pequeño ideal de belleza, lo cierto es que las estrellas y modelos que vemos en la televisión usan ropa con etiqueta dos.

“¡Dos! —me respondió mi hermano con ojos de susto y desconfianza— ¿y esa talla cómo es?” me preguntó. Seguramente es parecida a la que mi mamá me compraba cuando tenía 8 años. Bueno, a las estrellas les pagan por verse bien, y de paso hacernos sentir mal. Al fin y al cabo tanto sufrimiento por gusto.

La delgadez esa a la que aspiramos es una ilusión; solo es posible haciendo lo que esas estrellas hacen: corriendo 19 kilómetros diarios, haciéndose limpiezas de colon (así como lo imaginan), levantándose a las 3:30 a.m. para ejercitarse, midiendo el desayuno en onzas y gramos, o peor aún, ayunando. Sacrificios que según contaron algunos suele ponerlos de muy mal humor.

No hay dudas de que es maravilloso perder unas libritas y ver que los pantalones se nos ajustan sin sofocarnos los muslos. Pero de eso a la obsesión por estar más y más delgadas hay un trecho. No tiene sentido llorar a los 35 años porque ya no pesas lo mismo que cuando entraste a la universidad. Tampoco lo tiene vivir mortificado por ese mondonguito que asoma cuando te sientas.

Para quien queremos vernos tan flacas, lánguidas, imagino que una mujer tan “firi firi” apenas si tiene fuerza para levantar el rimel. Y si le preguntas a los hombres, por lo menos a los que nos rodean, que es de allí donde tenemos que escoger, te dirán que prefieren, carne. Eso sí, firme.

Las mujeres verdaderas, sobre todo si son latinas, tienen curvas. ¡Qué ganas estas de querer convertirnos en una recta, con el riesgo de sufrir tantos atropellos en el intento!



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