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La niña que vive
conmigo
Julieta de Diego
de Fábrega
He llegado a la etapa
de mi vida en que no puedo negar que soy grande, adulta, señora.
El nombre que le dé es irrelevante, el caso es que, a punto de
pegarle a los cincuenta, ya no puede uno estar jugando a ser niño.
Sin embargo, hay
una parte de mí que se niega a desamparar a la chiquilla que por
tantos años ha vivido conmigo. Y no me refiero a la niña de las
irresponsabilidades y las ñañaquerías y las necedades, sino
a la que sonríe con facilidad, disfruta bañándose en un buen aguacero
y todavía tiene energías para subirse a un árbol de mandarinas
a robarse una fruta madura.
Me gusta esa muchachita.
Me parece divertida. Me recuerda con frecuencia que lo que me parece
un problema insalvable es simplemente un obstáculo más que descifrar,
y no el fin del mundo. Me susurra al oído que la vida es todo lo
fácil que yo pueda querer que sea y que las complicaciones las
invento para mantenerme ocupada.
Yo me acuerdo que
mi papá se refería a las amigas de su edad con algún apelativo
que denotaba extremada juventud: “Niña, chiquilla, muchachita” y
yo, por supuesto, pensaba: “Señora”. Ahora entiendo que como eran
de su edad y él se sentía joven, pues, sus amigas seguían siendo
las mismas que conoció cuando tenía menos años.
Ahora que la gente
por la calle me dice señora, entiendo que quizás vivo en un cuerpo
mayor, pero por dentro sigo siendo joven. Esta dualidad es a veces
un problema, sobre todo para los hijos, pues como ellos no han
llegado a nuestras edades, piensan que es propio para los adultos
comportarse de cierta manera y nuestras locuritas infantiles les
parecen totalmente fuera de lugar.
En otras palabras,
se avergüenzan de nosotros cuando tenemos más energías de la cuenta,
cuando nos reímos en voz alta o cuando bailamos como si nuestra
vida dependiera de ello. En su cabeza debemos ser gente seria.
Quiero aclarar que lo somos. Cumplimos con nuestras obligaciones
laborales, nos mantenemos al día con los aconteceres nacionales
e internacionales, nos preocupamos por las reformas fiscales, llevamos
los autos a revisar y les sacamos placa y, en términos generales,
mantenemos la despensa de nuestros hogares bien “stockeada”, como
dirían ellos.
Nos preocupamos por
su presente y su futuro, sacamos tiempo para sermonearlos y los
regañamos cuando pretenden ir a misa enchancletados. Como ven,
cuando es necesario, sabemos ser adultos a carta cabal. Y no hay
ningún manual que indique que los adultos tienen que ser aburridos,
por lo menos ninguno que yo haya leído.
Algunos de ustedes
recordarán que antes a las señoras de la casa se les llamaba “niñas”;
mi mamá era la niña Carmen. Supongo que eso se debía a que las
nanas vivían con los patrones para siempre y ante sus ojos, un
poco como sucedía ante los de mi papá, la gente nunca crecía. La
profesora Marina Ucrós fue la niña Marina hasta que dejó este mundo.
Así eran las cosas.
Y quizás, sólo quizás,
con dicho apelativo se le permitía a la gente ser adulta y niña
a la vez. Una combinación maravillosa, perfecta. Sorprendentemente,
sólo las mujeres seguían siendo niñas, pues a los hombres se les
decía “don”. ¡Pobres! Con ese nombre se les condenaba a ser serios
y ceremoniosos. Digo yo. Ahora que los roles de hombres y mujeres
andan todos revueltos, pues ya no se sabe muy bien qué significa
ser “el hombre de la casa”, cada quien puede vivir como se sienta
más cómodo. Las mujeres pueden ganar más dinero que los hombres
y éstos asisten sin pena alguna a las reuniones escolares, cambian
pañales y preparan la cena.
Pero independientemente
de cuál sea nuestra función dentro del hogar, lo que nos mantiene
jóvenes es prestarle atención al niño que vive con nosotros, perdón,
dentro de nosotros.
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