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Las nuevas destrezas
Julieta de Diego de Fábrega
Durante el siglo pasado —¡da horror reconocer que uno ha vivido durante dos siglos!— las mujeres buscaban ciertas características en los hombres al momento de casarse. Que fuera responsable, honrado, trabajador, eran quizá las más importantes. Sobre todo trabajador, pues al hombre le tocaba ser el único sustento del hogar.
Hoy en día la cosa es diferente. No hemos dejado de admirar a los hombres trabajadores, sin embargo, ya no es la mayor causa de admiración, pues las mujeres también trabajamos tanto como los hombres. Esto trae como consecuencia que los hombres tengan que desarrollar otras destrezas para ganarse la admiración del “sexo débil”. Creo que voy a tener que escribir un artículo sobre eso del sexo débil, pues por más que busco no encuentro dónde están las debilidades de las mujeres.
Bueno, el caso es que hoy en día nos conquistan los hombres que nos invitan a cenar y son ellos quienes cocinan desde la entrada hasta el postre. Nos llegan al corazón los que se levantan en la noche para atender al bebé recién nacido y nos conmueven los que son capaces de sentarse a ver un ballet y no sólo de no dormirse, sino de disfrutarlo.
En resumen, estamos más dispuestas a dejar entrar en nuestras vidas a aquellos personajes que son lo suficientemente valientes como para incursionar en las actividades otrora femeninas de la vida diaria. Y digo valientes porque a pesar de que las percepciones de hombres y mujeres han evolucionado, todavía quedan aquellos que piensan que los que hacen actividades no tradicionales tienen un problema de género.
El caso es que las mujeres nos atrevimos a entrar en las actividades masculinas y lo hemos hecho bastante bien; para emparejar las cargas buscamos hombres que puedan ayudarnos en las que todavía siguen en nuestra lista como ir al supermercado, sentarse a escuchar de los maestros las quejas sobre el comportamiento de los niños, fregar los platos de la cena, ir a visitar el Canal con un grupo de kinder, esperar a que las niñas salgan de la clase de pintura, poner a secar las toallas mojadas después del baño o lavar ropa a las 3:00 de la madrugada cuando no hay agua durante el día.
Ya la vieja respuesta “no puedo porque estoy trabajando” ha dejado de ser válida. Las mujeres también estamos trabajando. Y si los hombres creen que acceder a un puesto ejecutivo y ganarnos el respeto de nuestros superiores fue fácil, se equivocan. Para mantener la misma posición que tiene un hombre en una empresa, debemos trabajar más y muchas veces ganar menos.
Nos gustan también los hombres sensibles, los que hablan de sus sentimientos sin pena ni vergüenza, los que lloran. Ahora bien, entiéndase que no estamos buscando que el hombre se convierta en mujer, simplemente que sea un apoyo en todo el sentido de la palabra, considerando que nosotras nos hemos convertido en un pilar económico importante en el hogar. Cada día tenemos menos tiempo disponible y estamos más cansadas.
¿Cómo creen ustedes que se siente una mujer que llega a casa a las 7:00 de la noche luego de conducir siete reuniones de siete comités diferentes y encuentra que el huracán “Rita” pasó por su casa y no han llegado las cuadrillas de rescate? Y que además, cuando logra cruzar la zona de desastre se encuentra a un esposito listo para reclamarle por qué está derrengada. Yo les garantizo que si en lugar de encontrarlo tirado en la cama viendo un juego de fútbol lo encontrara en la cocina terminando de recoger y poniéndole un puesto en la mesa para servirle la comida, olvidaría su cansancio y estaría lista para premiarlo con mil cariños.
Al final, todo es un asunto de balance. Hoy, desafortunadamente, las mujeres siguen teniendo más piedras en su bandejita que los hombres. Con gusto les entregamos algunas.
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