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Lo que vieron mis ojos
Julieta de Diego de Fábrega
Cierto es que cuando nos sentamos
frente al televisor muchas veces nos escandalizamos con lo que vemos. Sin embargo,
de una forma u otra, lo archivamos pensando que no nos atañe. Son cosas
que pasan en otras latitudes. Ahora bien, cuando vemos que sucede en el patio
trasero de la casa entonces son otros 500 pesos.
Estoy convencida de que no existe un padre/madre en el mundo que no se preocupe
por sus hijos. Reconozco que tienen distintas formas de manifestar dichas preocupaciones,
pero a fin de cuentas, son preocupaciones. Miro hacia atrás, hacia mi propia
adolescencia y tengo por fuerza que concluir que gocé de poca libertad.
En aquellos días me sentía prisionera de la disciplina de mis padres
y pensaba que su forma de criar estaba totalmente obsoleta.
Hoy, que me toca educar a mis propios hijos, concluyo que hay mucho que rescatar
de aquellos métodos. En primer lugar, hay que saber cuándo un muchacho
está listo para enfrentar una situación específica. Digamos,
por ejemplo, el consumo de licor que se ha vuelto algo común y corriente
desde que los niños entran a secundaria. Ajá, a secundaria, no a
segundo ciclo, no a la universidad.
Si alguien tiene una buena razón para permitir que un joven de 14 años
se emborrache en una fiesta que me la diga, porque yo no la he encontrado. Y son
pocos los jóvenes que prueban licor en una fiesta y no llegan a perder
la conciencia pues no tienen la madurez necesaria para saber cuándo parar.
La consecuencia lógica es que hacen cosas que en su sano juicio no harían.
En el caso de las chicas, muy probablemente se dejan manosear por muchachos que
acaban de conocer y con quienes no tienen ningún tipo de relación
afectiva. Hecho la primera vez es difícil volver atrás y recobrar
el pudor.
Confieso que me parece que la moda actual -con su tendencia a desvestir, más
que a vestir- no contribuye en nada a la moral. Las mujeres salen a la calle “mostrando
la mercancía” y seguro encontrarán comprador, o por lo menos
quien quiera “probar el producto”.
¿Qué les parece esta escena? Un grupo de jóvenes bailando
desenfrenadamente, todos libando licor. Alguna se siente mareada y se aleja un
par de metros del grupo. Vuelca las tripas, regresa, pide otro trago y continúa
como si nada ante la turbamulta de espectadores impertérritos que en ningún
momento dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Una hora después, el
cuerpo le vuelve a pedir que se deshaga del exceso de licor que acaba de ingerir.
Cierto es que no conozco a los protagonistas, vienen de otro país, pero
eso no quiere decir que, dada la oportunidad -quizá lejos de casa- los
jóvenes que conozco harían lo mismo.
Y con esto no quiero decir que son personas malas. Simplemente que son jóvenes
y se dejan llevar por el desenfreno del momento. No controlan sus acciones, son
víctimas de lo que les rodea y si todo el mundo lo hace, no puede ser malo.
Es allí precisamente donde radica el problema mayor, en que no tienen conciencia
propia de lo que está bien y lo que está mal. No deciden por sí
mismos, deciden en grupo.
Y luego, cuando termina la fiesta y no saben a ciencia cierta qué fue lo
que pasó, simplemente escogen olvidar para mantener la conciencia tranquila.
Y entre más olvidan, más están propensos a repetirlo. Antes
de terminar, sólo quiero recordar a los padres que la palabra “no”
sigue estando en el diccionario y que hasta el momento no existe ley alguna que
nos prohíba pronunciarla. Y siempre son más sanas las lágrimas
derramadas por un permiso negado que las que nos tocaría verter por una
vida arruinada.
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