Publicado el viernes 11 de noviembre de 2005 - Edición No. 821 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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DIARIO DE MAMA

Lo que vieron mis ojos

Julieta de Diego de Fábrega

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Cierto es que cuando nos sentamos frente al televisor muchas veces nos escandalizamos con lo que vemos. Sin embargo, de una forma u otra, lo archivamos pensando que no nos atañe. Son cosas que pasan en otras latitudes. Ahora bien, cuando vemos que sucede en el patio trasero de la casa entonces son otros 500 pesos.

Estoy convencida de que no existe un padre/madre en el mundo que no se preocupe por sus hijos. Reconozco que tienen distintas formas de manifestar dichas preocupaciones, pero a fin de cuentas, son preocupaciones. Miro hacia atrás, hacia mi propia adolescencia y tengo por fuerza que concluir que gocé de poca libertad. En aquellos días me sentía prisionera de la disciplina de mis padres y pensaba que su forma de criar estaba totalmente obsoleta.

Hoy, que me toca educar a mis propios hijos, concluyo que hay mucho que rescatar de aquellos métodos. En primer lugar, hay que saber cuándo un muchacho está listo para enfrentar una situación específica. Digamos, por ejemplo, el consumo de licor que se ha vuelto algo común y corriente desde que los niños entran a secundaria. Ajá, a secundaria, no a segundo ciclo, no a la universidad.

Si alguien tiene una buena razón para permitir que un joven de 14 años se emborrache en una fiesta que me la diga, porque yo no la he encontrado. Y son pocos los jóvenes que prueban licor en una fiesta y no llegan a perder la conciencia pues no tienen la madurez necesaria para saber cuándo parar. La consecuencia lógica es que hacen cosas que en su sano juicio no harían. En el caso de las chicas, muy probablemente se dejan manosear por muchachos que acaban de conocer y con quienes no tienen ningún tipo de relación afectiva. Hecho la primera vez es difícil volver atrás y recobrar el pudor.

Confieso que me parece que la moda actual -con su tendencia a desvestir, más que a vestir- no contribuye en nada a la moral. Las mujeres salen a la calle “mostrando la mercancía” y seguro encontrarán comprador, o por lo menos quien quiera “probar el producto”.

¿Qué les parece esta escena? Un grupo de jóvenes bailando desenfrenadamente, todos libando licor. Alguna se siente mareada y se aleja un par de metros del grupo. Vuelca las tripas, regresa, pide otro trago y continúa como si nada ante la turbamulta de espectadores impertérritos que en ningún momento dejaron de hacer lo que estaban haciendo. Una hora después, el cuerpo le vuelve a pedir que se deshaga del exceso de licor que acaba de ingerir. Cierto es que no conozco a los protagonistas, vienen de otro país, pero eso no quiere decir que, dada la oportunidad -quizá lejos de casa- los jóvenes que conozco harían lo mismo.

Y con esto no quiero decir que son personas malas. Simplemente que son jóvenes y se dejan llevar por el desenfreno del momento. No controlan sus acciones, son víctimas de lo que les rodea y si todo el mundo lo hace, no puede ser malo. Es allí precisamente donde radica el problema mayor, en que no tienen conciencia propia de lo que está bien y lo que está mal. No deciden por sí mismos, deciden en grupo.

Y luego, cuando termina la fiesta y no saben a ciencia cierta qué fue lo que pasó, simplemente escogen olvidar para mantener la conciencia tranquila. Y entre más olvidan, más están propensos a repetirlo. Antes de terminar, sólo quiero recordar a los padres que la palabra “no” sigue estando en el diccionario y que hasta el momento no existe ley alguna que nos prohíba pronunciarla. Y siempre son más sanas las lágrimas derramadas por un permiso negado que las que nos tocaría verter por una vida arruinada.



 
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