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En la cocina de la abuela
Julieta de Diego de Fábrega
Cuando Eladia condimentó una paila de arroz chino con una botella de vainilla en lugar de salsa de soya mi abuela decidió que era tiempo de jubilarla. Para la prole no había mucha diferencia entre la Eladia viejita que veía mi abuela y la que nosotros siempre habíamos visto, pero supongo que debió existir.
En la enorme cocina de Mami Loli (nunca sabré si era enorme porque yo era chiquita o si verdaderamente era grande) Eladia siempre lució pequeñita, vieja y achurradita, pero ese era su territorio y allí reinaba. Era gruñona, pero su perenne mal humor no era suficiente para mantenernos alejados de las divertidas tareas que allí se realizaban.
Pensándolo bien, quizás su mal genio era sólo una fachada pues al final del día terminaba dejándonos participar de sus oficios. Trabajar con el arroz fue nuestro primer deseo, porque se requería de todo un proceso para producir una paila de arroz blanquito. Primero había que espulgarlo, tarea que se hacía en una enorme batea y que tenía su ciencia. De un lado se ponía el montón de arroz que había que revisar y del cual se sacaban las piedritas, los “churú”, como se llamaban aquellos que venían con cascarita, y cualquier otra cosita que lo pudiera ensuciar. Lo que ya se había espulgado se iba poniendo a un lado en la misma batea y ¡ay! de que uno juntara ambos montoncitos.
Luego venía la parte divertida que era espolvorearlo. Eladia se paraba en un rinconcito al principio de la enorme escalera que bajaba al garaje que era donde vivía el basurero y sobre este levantaba y bajaba la batea en un movimiento rítmico perfecto que hacía saltar el arroz y eliminaba el polvillo adicional que supongo lo convertiría en un masacote de cocinarlo con él. Y nosotros, junto a ella como moscas, tratando de grabar en la mente el ir y venir de la batea.
Espolvorear el arroz era como la graduación porque no se podía perder ni un grano y créanme que no era nada fácil. Eladia se paraba como un policía junto al graduando y a la primera falla le arrebataba la batea y lo mandaba para adentro con un ¡use de aquí! Ante el fracaso había que conformarse con desgranar guandú, pelar habichuelas o rallar coco.
Les comento que estar en la cocina era casi tan divertido como cazar cigarras en el patio porque, aunque en casa de mis abuelos sólo vivían tres personas, los almuerzos familiares congregaban un gentío, así que todo se hacía en grandes cantidades.
Los helados, sin embargo, se batían en una enorme terraza que estaba en el mero centro de la casa. Allí se ponía una tina gigantesca dentro de la cual se metía la máquina de hacer helados llena de hielo. Los nietos nos poníamos en fila para añadir la sal gruesa, chocolate, como la que le dan a las vacas, y por supuesto para tener el honor de probar los restos que quedaban pegados a las paletas cuando la máquina paraba de andar. Les cuento que ando buscando una máquina, de esas estilo antiguo, porque las modernas que tienen una cubeta que hay que congelar no logran vencer el calor de Panamá. Si la ven en algún lado me avisan.
Hoy día el arroz viene limpiecito, el guandú en bolsitas y el coco rallado, por lo que me pregunto qué tareas realizan los niños de hoy capaces de promover la paciencia y las conversaciones amenas que por horas sosteníamos los primos mientras trabajábamos en la cocina de mi abuela.
Ahora todo se cocina en un abrir y cerrar de bolsas, pero tenemos que reconocer que las amistades y el cariño necesitan cocinarse a fuego lento.
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