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El décimo aniversario
Julieta de Diego de Fábrega
Hace algunos años, bueno... en verdad muchos, muchos años, cuando era joven y bella, tenía la facultad de acordarme de todo. Pero esas épocas ya pasaron. Hoy día a duras penas logro recordar dónde dejo los lentes que necesito para verme las palmas de las manos. Debido, quizás, a estos lapsos de memoria -o de falta de ella- un buen día anoté en mi calendario mental que la primera columna del Diario de Mamá se había publicado en diciembre de 1996.
Cuál no sería mi sorpresa al descubrir hace escasos tres meses que el primer artículo, cuyo título era, por cierto, el mismo que lleva la columna hoy día, fue publicado el miércoles 13 de diciembre de 1995. Dicen por ahí que el 13 es número de mala suerte, pero en mi caso tengo que dar fe y testimonio de que ha sido un número afortunado. Toda esta palabrería para decirles que en un par de días esta columna estará celebrando su décimo aniversario.
¡Qué susto! Diez años que se han pasado como una exhalación. Concluí, por supuesto, que va siendo hora de que ponga manos a la obra con la recopilación que -según mis cuentas- debía producir para fines del próximo año. Delibero mentalmente cuál será el formato indicado, qué artículos debo incluir -esto me está costando trabajo porque a todos los quiero mucho- y cómo se maneja esto de publicar un libro.
Pero no quiero aburrirlos con los detalles mecánicos de mis planes para un futuro cercano. Más bien aprovecharé lo que me queda de espacio para darle a todos ustedes un gran abrazo en espíritu por haberme acompañado durante todo este tiempo. No tengo secretos para mis lectores. Cada semana pongo en blanco y negro lo que me sale del alma y ustedes, pacientemente, lo hacen parte de su vida. Ese cariño con que reciben mis artículos me hace sentir importante. Más de lo que soy en la vida real.
Les confieso que a diario me pregunto cuántos artículos más saldrán de mi pluma, cuántos años pasarán antes de que el manantial se seque y me da miedito amanecer un día con la “pluma vacía”. A la vez descubro que cada veinticuatro horas acumulo un montón de experiencias que vale la pena contar, lo que me lleva a concluir que la columna irá evolucionando y lo que un día fueron testimonios de la madre de una pandilla de adolescentes pasarán a ser cuentos de la madre de una tropa de adultos, y no pierdo la esperanza de poder llegar algún día a transmitir los testimonios de una abuela.
Todo dependerá, por supuesto, de que ustedes me abran las puertas de su casa los viernes y sigan compartiendo, como muchas veces lo hacen, sus propias experiencias para enriquecer mi bolsita de cuentos. Me doy cuenta de que no hay magia en esto, no es que me llegan rayos de inspiración del más allá. Es sencillamente que Dios, el día de mi nacimiento, me regaló la capacidad de observar. De ver las cosas por dentro y por fuera. Me hizo también preguntona. ¡Ay Dios mío! En buena cantidad de enredos me he metido por andar con la curiosidad alborotada.
Creo -y aquí es donde el miedo se hace grande- que estos regalos vienen casados con una responsabilidad y trato de cumplir con ella lo mejor que puedo. Si he metido la pata, pido disculpas, pero sólo puedo hablar de lo que conozco y de los propios sentimientos, los ajenos muchas veces me eluden. Quiero confesarles también que esta paginita que comparto con ustedes se ha convertido en una especie de batería de vida para mí. Batería como la que escriben los estudiantes para copiarse en los exámenes.
Y como hoy ando necia, como la mosca de Pepito, nuevamente reitero que mi vida ha visto la luz pública gracias a ustedes que me han querido aun sin conocerme. En el décimo aniversario quiero decirles una y mil veces: ¡Gracias!
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