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Y llegó el amigo secreto
Roxana Muñoz
Cuándo empezamos con el
amigo secreto? Esta era la pregunta que flotaba en el departamento a finales de
octubre. Sí, octubre. Pero, se entiende el apuro, el jueguito del amigo
secreto -que suele hacerse en diciembre- causa mucha ilusión, lo cual rompe
con la monotonía de la oficina.
Este consiste en escribir los
nombres de los participantes en papelitos, meterlos en un cartucho, lapicero,
canastita o lo que haya disponible, y que cada quien saque un nombre. Ese será
en adelante su amigo secreto, al cual deberá llevarle regalitos en secreto
- que allí está la gracia- durante todo lo que dure el juego. En
un intercambio de regalos al final, se revela todo.
Esa pastillita que amanece de
sorpresa en el puesto o ese telefonazo de la recepcionista avisando que el amigo
pasó por allí y dejó tres mandarinas le cambia el día
a la gente. “¡Mira lo que me regaló!” “¿Y
a ti, ten han dado algo?”, “Amigo, si me escuchas no me traigas dulces,
que estoy a dieta”. Con estos comentarios todos ríen y el ambiente
se hace más ameno.
No
todo es color de rosa. Qué estrés tener que obsequiar a una persona
a quien apenas se conoce o a un superior de la oficina ¡ay! ¿qué
le regalas a alguien que parece tenerlo todo? Casi siempre toca mandar espías
para averiguar sus gustos.
Los obsequios del diario suelen
ser comida (como si en diciembre se comiera poco). Es lo más económico,
y aunque una diga que no, un chocolatito a las cuatro de la tarde viene bien.
Por supuesto, no faltan las quejas
cuando el susodicho no da señales de vida y durante días y días
se olvida de traer aunque sea un mafá.
Con anécdotas del jueguito
podría hacerse desde la versión número 18 de Chocolate Caliente
para el Alma, hasta la segunda parte de “Una serie de eventos desafortunados”.
Conozco a una muchacha que se gastó 25 dólares en un regalo final
y a ella le regalaron un desodorante. Tengo una amiga que tuvo que soportar las
quejas de su amigo secreto, siempre inconforme con lo que ella le regalaba ¡hay
que ver! Y oí de una chica a la que le regalaban cosas horribles (piedras,
papel, centavos), solo porque usaron el juego para vengarse de ella. Por supuesto,
el infeliz nunca reveló su identidad.
Aunque yo no me considero una
amiga así que digan qué bruta, qué buena es (ya me comí
dos de los regalos que iba a dar) aprovecho este espacio para decirle a mi amiguito
que me gustan los libros, no me vaya a regalar carteras, perfumes raros, ni suéteres
que no me quedan.
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