Publicado el viernes 16 de diciembre de 2005 - Edición No. 826 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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Recuerdos pegajosos

Julieta de Diego de Fábrega

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Masticar chicle no está entre mis actividades favoritas. Quizás porque me desespera ver a la gente por la calle “rumiando”, como decía la profesora Harris, ese pedacito de goma con la boca abierta sin ningún respeto para con el resto de la humanidad.

Sin embargo, reconozco que de la infancia tengo recuerdos “chiclosos” y el otro día todos volvieron a mi mente de un solo golpe. Estaba yo en la farmacia comprando algo y al llegar a la caja encontré frente a mí chicles “Double Bubble”, esos de forma cuadrada que traen un papelito con una caricatura dentro. Son primos hermanos de los “Bazooka”, de color rosado oscuro y con tanta azúcar que cuando uno se los mete a la boca se derriten de forma tan rápida que lo que provoca es tragárselos inmediatamente.

Como mi esposo es fanático de los chicles, decidí comprarle un paquete para que recordara su propia juventud, sin embargo, ya sentada en mi auto, no pude resistir la tentación de meterme uno a la boca. Cinco minutos después ya tenía una enorme pelota durísima dando vueltas por mi cavidad bucal, pues sucede que esa suavidad inicial desaparece rápido para dar paso al chingongo capaz de convertirse en un enorme globo.

Gracias a Dios pasé buen tiempo en el carro y nadie fue testigo de las horas que me pasé haciendo y reventando globos como cuando era chiquita. Por supuesto que mi pobre marido no llegó a probar los susodichos pues no sobrevivieron el paseo. Mientras masticaba y hacía globos recordé los días del verano en que íbamos al chino del Valle a comprar decenas de “bolonchones”. Esas pelotas de colores que en aquellos tiempos se vendían a un centavo. Las mismas que hoy salen de las máquinas dispensadoras por veinticinco. ¡Pobres niños! Tienen que ahorrar como locos para comprar uno.

Por mi mente pasaron todas las charlas de español en las que nos explicaron el origen de los nombres chicle y chingongo. El primero derivado de la marca Chiclets de Adams y el segundo, una deformación de “chewing gum” (pronunciado chuingom).

En ese instante pensé que sería divertido escribir un artículo sobre la diversión prohibida de la infancia, pero lo olvidé. Hace tres días fui a la escuela de mi hija y me senté en una banca a esperar y cuando me levanté tenía pegado en mi pantalón favorito un sendo pedazo de chicle, el cual me tomó horas despegar y fue entonces cuando el tema volvió a mi mente.

Recordé, entre otras cosas, que a mi papá le fascinaban los chicles Adams de cajita azul. No me pregunten de qué sabor eran pues no tengo la más remota idea y seguramente debieron haber sido de un sabor horrible como anís o algo así. El caso es que como desde pequeños mi mamá nos entrenó muy bien en el arte de escoger regalos que fueran del agrado de quien los recibiría, en más de una ocasión llegamos al regazo de mi papá con una cajita de chicles azules divinamente envuelta con lazo y todo.

Comparé este humilde regalo, y la cara de felicidad con que mi papá lo recibía, con las maratones de compras a las que nos sometemos en esta época del año y los cientos de dólares que gastamos y concluí que el precio del regalo no es directamente proporcional a la alegría que produce. Si usted no ha terminado aún sus compras de Navidad, le dejo este pensamiento en la mente.

Y, volviendo al tema original, me pregunto qué habrá pasado con esos chicles miniatura que venían empacados en una especie de sobrecito y que por ser de sabores variados explotaban en la boca como una comparsa de sensaciones mixtas. Parecen haber desaparecido junto con los carrizos de bolitas de colores que tanto nos gustaban. En todo caso, este episodio fue tan solo eso. Una vivencia fugaz que me hizo recordar la niñez.



 
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