Publicado el viernes 13 de enero de 2006 - Edición No. 830 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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Dicen...

Julieta de Diego de Fábrega

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Dicen los expertos, no yo, que ciertas acciones tienen la capacidad de aumentar nuestra expectativa de vida. Entre ellas listan dormir suficiente -ojo no invernar cada día-, reír con frecuencia y por supuesto, abstenerse de ciertos vicios.

Dicen también que al ejercitar dichas acciones, no sólo vivimos más, sino mejor. Tiene todo el sentido del mundo. Aquellos que se privan del sueño -por la razón que sea- andan por la vida malhumorados, tensos, cansados. Es difícil funcionar así. Como consecuencia -dicen los expertos nuevamente- tienden a comer más, a enfermarse con más frecuencia y, en términos generales, rinden menos.

Claro que están quienes piensan que dormir es una actividad inútil en la que invertimos un grandísimo porcentaje de la vida, pero como todo, si se hace organizadamente no tiene porqué ser una pérdida de tiempo. Les confieso que no soy muy buena manejando el sueño pues hay días en que robo muchas horas a la cama por andar trabajando, pero ahora que sé que me ayudará a llegar a los cien años voy a esforzarme por trabajar más de día y menos de noche.

Reír. ¡Ah! Reír es una maravilla. Eso sí lo sé hacer muy bien y me encanta. Es mucho más efectivo que cualquier medicamento que uno pueda ingerir para ahuyentar la tristeza. Eso lo acabo de decir por necia, pues jamás me he tomado ninguna de esas medicinas modernas que supuestamente lo ponen a uno contento a pesar de cualquier cosa, pero sé lo bien que se siente reírse y por eso lo afirmo.

Es una sensación incomparable que pone a funcionar cada célula del cuerpo y creo que del alma también. Es una forma fácil de controlar los estados de ánimo y no cuesta nada. Se puede hacer en cualquier lado, con cualquier persona, a cualquier hora.  Además, ocurre que al ver a una persona reír quienes están a su alrededor automáticamente se sienten mejor.

La verdad me pregunto por qué será que la gente no lo hace con más frecuencia. Quizás porque hemos sido llevados a pensar que la seriedad es un signo de madurez. Me explico: hay dos clases de seriedad. Una el ser serio, responsable y auténtico y otra que es simplemente andar por la vida con  cara de burro en tren. La segunda es la que no me gusta. La primera es indispensable.

¿Qué diferencia puede hacer para una persona saludar a otra con una sonrisa en los labios versus con un apretón de manos y un carón? Yo creo que ninguna. Y créanme que aquel que recibe una sonrisa automáticamente se sentirá más a gusto.

Por supuesto que entiendo perfectamente que hay un lugar para cada cosa y sería muy imprudente sentarse en una reunión de junta directiva y pasarse todo el rato riéndose como un tonto. Pero no se engañen, cuando el jefe cuenta un chiste es para que los presentes se rían.

Hagan este experimento. Pásense un buen rato con la cara amarrada y verán cómo, rapidito, se amargan -aunque no tengan razón aparente para ello-. Es así. La contentura es un estado de ánimo que se puede inducir deliberadamente. Aquel que se levanta de la cama con una sonrisa, silbando, o simplemente contento, tiene más probabilidades de pasar un buen día que aquel que sale de las sábanas arrastrando las cutarras. Este mundo canalla nos tiene todo el día a prueba. Salimos en el auto y pasamos esquivando conductores despistados, llegamos a la oficina y la pila de trabajo no parece disminuir a pesar de nuestros esfuerzos, regresamos a casa y los niños están peleados a muerte. En fin, no es fácil la cosa. Pero casi todos los males -del cuerpo y del alma- se curan con una actitud positiva. Y créanme que mantenerla es sólo cuestión de práctica.



 
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