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Mi canasta básica
Ileana Pérez Burgos
Además de la conocida canasta básica que tiene lo mínimo para estar nutridos, debería existir la “canasta básica de la mujer”, que es muy diferente a la otra pero que, créanme... es “¡básica!”. Aún en mis momentos de estrechez financiera hay productos sin los que no puedo vivir. Sonará banal, muy banal, pero, ¿saben qué?, estoy convencida de que a muchas mujeres ni se nos tomaría en cuenta si no tuviéramos esos productillos.
¿Le darías empleo a una mujer que no usa desodorante? ¿Tomarías en cuenta la opinión de una mujer con el cabello seco como una escoba y encima enredado? ¿Considerarías bella a una mujer con la cara grasosa y sin perfume? Ah, ¿vieron?, así de prejuiciosos somos. Duele que muchas veces a las mujeres se nos juzgue por todo eso -antes que por la inteligencia, energía o buenas acciones-, pero así es la vida.
Una de esas quincenas llenas de gastos extra, resolví que no gastaría ni en salidas ni en checheritos. Pagué las cuentas y me fui a la farmacia a comprar ‘lo indispensable’ para sobrevivir. Pues si les digo de cuánto fue la cuenta se caen pa’ atrás como Condorito. Yo miraba y miraba la canasta llena de productos y contaba... Sí, sí, este también... En efecto no había nada en esa canasta que no fuera de primera necesidad, pero tampoco había allí ningún alimento.
Estaba el acondicionador sin el cual mi cabello se enredaría y quedaría como trapeador torcido. A eso sumemos la crema hidratante para después de lavarlo y las gotas de silicona, para que no parezca estopa de coco. También había echado la crema de cuerpo, vital líquido; y la humectante de cara sin la cual he intentado vivir más de una vez, en mi propio perjuicio. Desodorante, por supuesto, no quiero ser Pepé Le Pew; el gel limpiador de cara, y miren que uso uno barato de esos que son para adolescentes. Se me había acabado el spray del cabello, que por suerte me dura mucho; el jabón líquido para el lavamanos -con humectante para no resecarme la piel-, jabón de bebé para la ducha, aceite de bebé para después de la ducha... Conste que allí no había nada demás como un labial o una revista.
Pero para hacer bien aceptada en sociedad, faltan un montón de cuidados estéticos más, que cuestan, y que son gastos fijos en el presupuesto de las mujeres -sean solteras o casadas-: corte de cabello; tinte, mechas o alisado; seteado y/o blower; pedicure y manicure; depilación... Aún cuando aprendamos a hacerlo en casa, siempre hay que darse su vueltita por el salón, de vez en cuando, o comprar los productos para hacerlo solas.
De seguro al leer todo esto más de una persona estará pensando “qué vanidosa, ¿cómo no puede vivir sin todo eso?”. A la gente le encanta vernos bien arregladitas, pero cuando les hablamos de todos estos indispensables nos miran con cara de superficiales. ¡Qué guencha! Por eso, cuando escucho al esposo de alguna amiga quejarse de lo que ella gasta en tiempo y dinero en depilación o blower, yo salto a la defensiva -y eso que no soy la más acicalada de las mujeres-: “te apuesto a que si estuviera despeinada o con cañones en las piernas ni siquiera la voltearías a ver”.
No me considero una mujer vanidosa -pero sí medio coqueta-, tengo mis necesidades básicas -como la mayoría-, y no me da pena confesarlo y así me tachen de vana, trabajaré para poder pagar esa canastita básica, por mi propio bien.
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