Publicado el viernes 31 de marzo de 2006 - Edición No. 840 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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El Valium mío de cada día

Julieta de Diego de Fábrega

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Cada quien encuentra formas diferentes de calmar sus nervios, aplacar las rabietas o simplemente escapar de la realidad cotidiana aunque sea por un instante. Están los súper deportistas, quienes a punta de sudar y atacar a su oponente como si fuera el ejército completo de Bin Laden, descargan todas sus frustraciones en la cancha donde practican su afición.

Por otro lado, están los rezadores, en masculino porque los hay hombres y mujeres, que apegados a sus novenas y rosarios encuentran paz y a veces, incluso, se perdonan sus propios pecados. Que conste que no los estoy criticando, sólo los incluyo en la lista.

Por supuesto que por los caminos del Señor circulan también los incapaces de contener la ira y que con muy poca tentación montan en cólera contra toda la humanidad. Gritan, regañan, insultan y al cabo de un rato andan por ahí tan tranquilos, sin darse cuenta siquiera que en el arrebato dejaron heridas muchas susceptibilidades.

Encuentro también a los que simplemente prefieren ‘olvidar’ sus penas y lo consiguen con la ayuda de algún adormecedor del espíritu como el alcohol o los tranquilizantes.

Yo, que confieso ser bastante cobarde para los últimos, y que por purísima vagancia -y con la excusa banal de estar muy ocupada- no entro en la primera categoría, acepto que rezo un poquito y regaño bastante. Pero el Valium mío de cada día es realmente esta página vacía frente a la cual me siento todos los días a recordar, inventar o sólo divagar sobre ocurrencias de la vida propia y ajena.

Muchísimas veces me han preguntado que cómo hago para escribir una columna todas las semanas, a lo que contesto: si no lo hiciera reventaría. Sí, como un globo que se infla más allá de la elasticidad del caucho con que está hecho. A decir verdad, no me explico cómo sobreviví por tantos años sin esta herramienta. Debo haber sido insoportable.

Pero Dios es sabio y puso en mi camino esta oportunidad para mantener en niveles aceptables los inventarios de tranquilizantes en el mercado. Nunca me he tomado uno, no sé cómo se siente desdoblarse de los propios problemas y verlos desde lejos, como si le estuvieran ocurriendo a otro. Sé, por otro lado, que sacarme del sistema las tristezas y las alegrías surte el mismo efecto.

Cuando estoy triste escribo, cuando estoy contenta también. Cuando siento que me sale humo por las orejas, se los cuento y cuando ando en neutral, tiento mis neuronas con alguna locurita y generalmente se despiertan de su letargo. Es una medicina fantástica esto de escribir. Y polifacética, además, pues cura todo tipo de males.

Hace un tiempo leí que cuando uno tiene un problema con una persona y no sabe cómo resolverlo debe escribir una carta. Tan pronto se le pone punto final debe romperse (pues esta primera versión suele ser muy fea) y acto seguido se escribe otra, ya más sensata que probablemente cumplirá mejor con la tarea de arreglar el problema.

Tiene todo el sentido del mundo esta recomendación. Yo lo sé por experiencia pues les cuento que tengo decenas de ‘artículos’ que jamás verán la página de un medio escrito pues simplemente me sirvieron como desahogo. Y a veces, cuando los vuelvo a leer, yo misma me pregunto qué problema tan grande tendría en ese momento, capaz de hacerme escribir tan horribles letras.

Al final de estos ejercicios, poco importa lo que uno haya escrito, lo que cuenta es la limpieza de alma que producen. El efecto sanador que tienen. Por último, sólo me queda agradecer a los maestros que me enseñaron a colocar en orden un sujeto, un predicado y un montón de complementos -que ahora se llaman diferente-. Gracias a ellos, soy una mujer medianamente cuerda que no toma calmantes, los escribe.


 
 
 
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