Publicado el viernes 31 de marzo de 2006 - Edición No. 840 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
Secciones  
Sólo para ellas
Sólo para ellos
Ventana abierta
La vida en fucsia
Esta semana
Conversación
Finanzas
Belleza
Salud
Lista de Ellas
Diario de mamá
Moda
Evento
De la cocina
Horóscopo
Ediciones anteriores
Suplementos  
Martes Financiero
Pulso de la Nación
Recetario
AprendoWeb
LA VIDA EN FUCSIA
El obsequio

Esther M. Arjona

PUBLICIDAD

Jorge había salido del país por razones de trabajo. Una convención nada más y nada menos que en Nueva York le daba la excusa para pasarse un par de días más recorriendo La gran manzana.

Lila, su novia, no hacía más que imaginarse a Jorge visitando todos esos lugares a los que ella también hubiese querido ir. Pero era el momento menos indicado para que Lila tomara vacaciones y debió quedarse. ‘Acuérdate de mí cuando estés allá, le dijo a Jorge cuando lo dejó en el aeropuerto.

Esos cinco días fueron interminables para Lila. Y no es que ella dudase de Jorge. La agenda que debía cumplir estaba tan apretada que no le permitiría desviarse del camino. Además, Jorge siempre la tenía presente. Cuando Lila llegaba a su oficina lo primero que veía al encender su computadora era un e-mail de Jorge deseándole buenos días y contándole lo que había hecho el día anterior.

‘Te compré un obsequio’, decía uno de esos mensajes, y Lila se las pasaba imaginándose qué sería lo que Jorge había escogido para ella. ¿Acaso sería una prenda de vestir? Imagínense la cantidad de opciones en una de las grandes capitales de la moda.

¿Sería una de esas lindas reproducciones que venden en las tiendas de regalos de los museos? ¿Un libro? ¿Un cd con esa música que a ella le gusta y que no llega a Panamá? Las opciones eran tantas que era casi imposible adivinar. Habría que esperar la llegada de Jorge.

Sergio invitó a Marianela a un fin de semana en la playa. Las reservaciones estuvieron hechas a tiempo en uno de los resorts más exclusivos del área. Solo había que abrir las cortinas para ver el mar, las atenciones del personal del hotel eran exquisitas al igual que la comida y los cocteles. Pero esto no era nada de extrañarse. Sergio debía atender constantemente algunos clientes importantes y esa maquinaria estaba bien aceitadita. Todos lo conocían en el lugar y poco faltaba para que le tendieran la alfombra roja. Pero Marianela no sentía que hubiese una especialidad en la invitación. Todo fluía cual plan acordado, pero ella sentía que era tratada como otro cliente con el que había que quedar bien.

‘¿Qué te pasa?’ le preguntó Sergio. ‘¿No estás a gusto?’ Marianela no encontraba la forma de explicar que ella no requería de un séquito de sirvientes para sentirse especial.

Mientras, Lila parecía niño chiquito esperando que Jorge abriera la maleta. Su sonrisa se convirtió en mueca al ver en las manos de Jorge un souvenir de aquellos que venden en todas las esquinas.

Jorge se sintió indignado, ¿por qué Lila le había despreciado su obsequio? Mientras Lila no sabía si tirarle en la cabeza el regalito o guardarlo en un baúl.

No, no piensen mal. A Lila no le molestó tanto el hecho de que su obsequio fuera barato, como que Jorge ni siquiera se tomara el trabajo de buscar algo que a ella le gustara o que resultara significativo. Aquello, a simple vista, era un regalito de esos que se compran para salir del paso y no gastar mucho.

En la playa, la situación estaba tensa. Sergio se las pasaba dando órdenes a los empleados y no había compartido mucho tiempo con Marianela. Finalmente Marianela le reclamó a Sergio. ‘Lo que yo quiero es estar contigo, no importa que no haya aire acondicionado o que yo misma tenga que cocinar’. Sergio comprendió lo que pasaba y trató de enmendar. Durante una caminata que hicieran por la arena él encontró una piedra con una forma poco usual y se la obsequió a Marianela. ‘Así es mi amor por ti’, le dijo. ‘Tal vez un poco raro, pero fuerte y sólido’. Marianela guarda esa piedra como si fuera preciosa y la considera uno de los mejores regalos que ha recibido, porque aunque a Sergio no le haya costado un centavo, guarda un mundo de buenas intenciones y recuerdos.

El valor de un obsequio lo hace el esfuerzo por agradar a quien se le ofrece, y la certificación de que conocemos sus gustos y aficiones. Es demostrar que esa persona nos importa.


 
 
 
Corporación La Prensa - Todos los Derechos Reservados 2005