Casi futbolista
Ileana Pérez Burgos
Yo nunca he sido muy fan de los deportes, no porque no me parezcan divertidos, sino porque siempre he sido tan mala en ellos que decidí no eran mi tema. Eso lo descubrí en secundaria.
Lo sospeché cuando nunca pude hacer una voltereta (el otro día se lo comenté a Alexandra de seis años y no me lo creyó); luego jugué béisbol y volibol, y tendré los brazos gruesos (o sea, dizque fuertes) pero no tengo nada de tino para tocar las pelotas. Consecuencia directa: nadie me quería en su equipo y yo no quería que por mi culpa perdieran, así que renuncié antes de comenzar. Tampoco lo consideré trágico porque mi madre me decía que a ella le pasaba lo mismo (cuestión genética, pensé) y había otro montón de cosas que sí podía hacer bien.
Lo absurdo es que en mis años de universidad siempre estuve cerca -físicamente- de los deportes. Mi universidad en Kansas -¡Go Jayhawks!- era campeona de basketball y los jugadores eran estrellas a las cuales se les pedía autógrafos en los restaurantes y los venían a buscar los cazadeportistas para los equipos de la NBA.
Nunca fui a un juego de verdad, solo a uno de demostración mi última semana de estudios, y ojalá hubiera ido antes porque la adrenalina reventaba las cuerdas vocales. Mi graduación fue en el estadio de fútbol americano al cual solo fui dos veces: una, a ver un juego del que no entendí nada, y la siguiente a vender hot dogs (no vi ni la cancha).
Cuando estuve en Francia vivía tan al lado del Parc des Princes (estadio del París St. Germain) que hasta mi cuarto oía los gritos de la gente con cada gol o casi gol y tenía que programar mis salidas según hubiera juego o no porque la masa de gente en el metro era insufrible. Cuando salía a caminar pasaba al ladito del Roland Garros y escuchaba los aplausos a los tenistas. Pero ¿pregútenme si fui a un partido? Nunca.
Por estos días ser ignorante en los deportes no es ninguna gracia. Máxime si en la oficina hay tantos fans del fútbol, incluyendo las mujeres. Así que me siento fuera de lugar cada vez que tocan el tema. Pero si hay un momento deportivo que me encanta es el Mundial. Me fascina cómo se une la gente y reacciona explosivamente -con estusiasmo pero sin violencia- frente al televisor.
Es la única vez en mi vida que he visto a mi papá brincar de la silla y gritar. Así que cada Mundial me digo ‘esto debe estar bueno’ y me planto frente al televisor, pero como que soy corta de atención, porque a los cinco minutos ya estoy pensando en pajaritos preñados y ni me fijo en la pelota.
Este Mundial no me agarra despistada, así que he comenzado a entrenarme. Leo los suplementos sobre el tema, veo Fox sport y ESPN, puse un video de las jugadas de Maradona (y por fin comprendí por qué se le adora tanto) y. . . el paso más grande de todos y arriesgado. . . me metí a la liga de fútbol del trabajo.
No se burlen, ¿vieron? Cuando anuncié eso a mis allegados, unos se rieron y otros me advirtieron que me iba a lesionar. O sea, nadie me apoyó, pero igual llegué superpuntual a la primera práctica y aunque no pude hacer gran cosa, por primera vez no me importó. Me sentía deportista, que tenía algo en común con Ronaldinho y Figo.
Quedé contenta. Volví a la segunda práctica y corrí como loca tras el balón, pero cuando lo alcanzaba qué lío para quitarle la pelota a mi adversaria, porque como que mi cerebro apuntaba el pie para un lado y él decidía ir para otro. Pies de trapo. Quedé sudada hasta los huesos, pero feliz. . . Bueno, la felicidad esta vez me duró poco. Al ratito comenzó mi viejo dolor de espalda por una lesión anterior -que nada tiene que ver con el deporte- y mientras escribo esto me debato ante la posibilidad de no jugar.
‘Es que es la primera vez que hago deporte’ le dije a mi mamá con cara de puchero, porque yo quiero jugar hoy. ¿Qué puede ser más emocionante? Nuestro primer partido es el mismo día que comienza el Mundial.
En mi e-mail hay más de 30 mensajes de mis compañeras de equipo, discutiendo si jugamos o no bajo la lluvia, si nos llamamos arpías o tornados (nadie quería ‘chicas rosa’, muy bobo) y de qué color será el uniforme.
Así que estoy casi de luto porque caminando como pata patuleca ni chance de que podré correr detrás de una pelota. Pero se me quite o no este dolorón de espalda, lo que sí es seguro es que a partir del viernes estaré con los ojos pegados a la pantalla siguiendo el balón.
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