Publicado el viernes 14 de julio de 2006 - Edición No. 854 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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LA VIDA EN FUCSIA
Cambia, todo cambia

Esther M. Arjona
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La boda de Brad Pitt o la de Leonardo Di Caprio suelen ser noticias terribles para las adolescentes. Los famosos, de los que todo el mundo sabe y que además son guapísimos y millonarios, son usualmente los primeros amores de las niñas que se acercan a los 15 años, justamente la edad de las ilusiones.

A esa edad se permite soñar con que ese actor o jugador de fútbol o cantante de moda pudiera ser tu pareja. . .

Pasan las ilusiones y se empiezan a poner los pies sobre la tierra. Durante los últimos años de secundaria, las miradas serán para los chicos bien parecidos, mejor si están en otra escuela.

De aquellos años tengo un recuerdo que bien puede ilustrar el momento. Annie era una de las chicas más populares de mi salón. Siempre arregladita, ni un solo cabello fuera de lugar y un toque discreto de maquillaje (absolutamente prohibido en la escuela). Muy temprano, antes de las 7:00 de la mañana, cuando aún las clases no iniciaban, entre el bullicio de los busitos colegiales y los niños comprando en el quiosco se escuchaba el rugir de un motor. Para muchas no significaba nada, pero Annie lo escuchaba al instante y alertaba a las demás: ‘Allí viene, ¿lo escucharon?’.

En cosa de minutos, un auto deportivo se las ingeniaba para desafiar el tráfico mientras Annie salía corriendo hacia la orilla de la calle. Lo conducía su novio, un chico mayor que ella que, además de tener auto —y deportivo— tenía muy buena pinta ya que cuidaba su físico, lucía una melena rizada y tenía una mínima separación en los dientes delanteros parecida a la que aun lucía Luis Miguel (si algo en la descripción no les parece atractivo, no se preocupen. Esto sucedía en plenos 80).

Tal vez no todas pensaban que el novio de Annie era guapísimo; sin embargo, a esa tierna edad, no podíamos dejar de concluir que ella no le podía pedir más a la vida.

Hoy, las cosas son muy diferentes, y no porque el mundo haya cambiado mucho (y lo ha hecho), sino porque nosotras (al igual que los hombres) vamos cambiando a diario.

La vida de cada una de nosotras se va nutriendo con todas esas cosas que nos ocurren día a día, vamos creciendo, nuestros puntos de vista dejan de ser simples sí y no. Nuestra existencia se vuelve más compleja y más plena y así como vamos alcanzando metas, crecen nuestras aspiraciones y van cambiando nuestras exigencias.

Salimos de secundaria y lo que nos interesa es que el chico de nuestros sueños se vuelva independiente, estudie y busque y tenga un trabajo.

A la mitad de nuestros 20, lo importante es que se haya trazado un camino, un proyecto de vida.

Pasan unos cuantos años más y el cuento vuelve a cambiar. De un hombre de 30 años esperamos estabilidad y madurez. Los parranderos ya dejan de ser divertidos. Y no es que la diversión sea mala, pero hay prioridades.

Con 40, esperamos que el plan de vida que se estableció ese hombre esté rindiendo frutos. Que se haya asentado, que su principal preocupación sea la familia. Y más allá de los 40, que haya sido responsable también consigo mismo, su conciencia, sus finanzas, su familia, su salud.

Cambia, todo cambia, como lo dice Mercedes Sosa en su canción. Y no es que no nos decidamos en cuanto a lo que queremos. Sencillamente, evolucionamos. Pero esta condición no solo es femenina. A un jovencito le basta con tener al lado a la chica más linda de la escuela o de la universidad, pero más adelante, ¿les resulta esto suficiente? Estoy segura de que a muchos no. Lo mismo que si a estas alturas del partido, me encontrara a un hombre cuyo mayor atractivo sea su automóvil.


 
 
 
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