Publicado el viernes 28 de julio de 2006 - Edición No. 856 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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DIARIO DE MAMA
La pesadilla del pésame

Julieta de Diego de Fábrega
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Debo haber tenido 11 años cuando murió mi abuelo y para esos días hubo mucho movimiento en su casa. El ataúd lo colocaron en la salita que hacía las veces de oficina, y frente al viejo -vestido de saco y corbata- deben haber pasado cientos de personas a despedirse de su cuerpo y a dar el pésame a mi abuela.

Pero la cosa no terminó con su entierro, pues las costumbres de la época mandaban que se hicieran rezos en casa todas las noches por nueve días. La cocina no paraba, pues a los asistentes había que atenderlos, así es que nos dimos gusto comiendo empanaditas con azúcar y otras delicias por las que la cocinera de mi abuela era famosa. No recuerdo la presencia de hombres en aquellas sesiones, excepto la de mis tíos y primos. El resto eran mujeres, todas vestidas de negro cerrado, recitando letanías.

Este asunto de ‘velar y rezar’ a los muertos ha cambiado mucho desde los años 60 pero -por lo menos en la ‘ciudad’- pero no sé si aún hemos llegado a perfeccionar el arte de despedir a los muertos.

Eliminado el período de ‘velación’ los deudos deben recibir el pésame antes de la misa de sepelio y observando la mecánica no puedo menos que pensar que algo debe cambiar. En primer lugar, el 80% de los asistentes sólo llega a la iglesia a dar el pésame, mas no a participar en la misa, que pienso yo, es lo importante. Si el muerto es importante las filas pueden llegar hasta el fin del mundo y los deudos deben soportar estoicamente la presencia de personas que muchas veces ni conocen, mientras tratan de manejar su propio dolor. Porque, seamos realistas, perder a un ser querido es muy doloroso.

Los que no alcanzan a dar el pésame antes de la misa permanecen en los predios de la iglesia -a veces afuera- para ver si durante ‘la paz’ logran colarse a dar un abrazo a los familiares, lo que ocasiona un tremendo molote que obliga al sacerdote a detener la ceremonia hasta que se recupere el orden.

Me pregunto ¿cuál es el propósito de la visita a la iglesia? ¿Rezar por el muerto o cumplir con una obligación social? La más de las veces concluyo que es lo segundo. Invariablemente salgo de la iglesia pensando que debe haber una forma más humana de hacer esto. Más humana con los que nos quedamos aquí, pues lo cierto es que aquellas personas que uno quiere ver son lo suficientemente cercanas como para ir a visitar a los deudos en la casa antes o después del entierro.

Se me ocurre, por ejemplo, que junto a los cuadernos de firmas se puede colocar una canastita para que la gente deje una tarjetita con lo que quiera decir a los familiares. Así no tendríamos ni filas ni besos ni abrazos vacíos, sólo mensajes de corazón que uno podría leer en casa, junto con las interminables resoluciones de duelo que muchas veces no tienen ni pies ni cabeza y, que en la mayoría de los casos, son leídas por alguien que sólo llegó hasta tercer grado de lectura.

Ante mi propuesta una amiga me comenta que muchos simplemente mandarían la tarjetita con el chofer y nadie iría a la misa. Perfecto. Yo no tengo ningún problema con eso. A fin de cuentas, el día que me muera sólo quiero que recen por mí aquellos que lo harán de corazón y no un montón de gente que sólo busca ser vista por el resto de los presentes y que se pasa la misa poniéndose al día con el último bochinche.

No tengo planes de partir en un futuro cercano, pero estoy consciente de que yo no decido qué día me llamará el Señor, sin embargo, sí tengo muy claro que no quisiera que mis seres queridos tengan que sufrir el doble cuando me vaya. Para esto dejo instrucciones bien precisas de que no anuncien ni la fecha ni la hora de las honras fúnebres, que canten bastante en la misa, que confisquen cualquier resolución de duelo y que terminado ‘el evento’ celebren en familia y se acuerden de todas mis locuras.


 
 
 
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