Envidia de la refrigeradora
Roxana Muñoz
Cuando yo era niña la refrigeradora era una cosa de respeto en casa. No era para que los niños ociosos la anduvieran manoseando y abriendo sólo para ver qué había adentro, tal como les dejan hacer a los pelaos hoy.
Uno no abría el frigorífico a no ser con permiso o porque una persona mayor pidiera agua fría o una ramita de perejil. Sí, porque hubo un tiempo en que los adultos mandaban a los niños a traerle cosas, y ellos obedecían ¡sin refunfuñar!
Yo tengo recuerdos de una nevera muy austera: agua, más agua, un litro de leche, queso amarillo, salchichas y vegetales, ¡ah! y unas aguas de berenjena y anamú que mamá tomaba para adelgazar o para bajar el colesterol. Perdí la cuenta de las veces que bebí por equivocación esos brebajes, confundiéndolos con chicha de tamarindo. ¡Puaf! Claro, eso me pasaba cuando abría la refrigeradora sin permiso.
Yo hubiera pensado que todas las ‘refris’ del mundo eran igual a la nuestra, si no es porque un día conocí la de la vecina. ¡Qué manjares habían allí!: mantequilla de maní con mermelada, galletas Oreo -cuando eran un lujo-, sodas, chocolate, cereal Franken Berry, variedad de embutidos y de quesos. Eran productos que solo se podían conseguir comprando en la Zona. Ahora, en un supermercado panameño hay de todo. Pero hace 20 años eso de la globalización era -para un niño- llenar la casa de globos en los cumpleaños.
Por supuesto esa nevera de la vecina tampoco podía tocarla; yo la velaba cada vez que podía ver a los dueños abrirla, y ahora me parece como que se demoraban un poquito a propósito para que yo viera bien.
Por muchos años guardé este sentimiento tan vergonzoso, porque pensaba que solo a mí -en mi pobreza de espíritu- se me había ocurrido envidiar una refrigeradora. Gracias al cielo conocí a O. , a quien un día se le escapó que ella también sintió envidia de la nevera de su tía. Era un aparato de dos puertas que dispensaba hielo y agua en vaso. ¡Jo!
Sentí un alivio al poder desahogarme con ella y compartir estos tan bajos sentimientos. El destino me puso en el camino a mi amigo N. , quien vivía en una casa con nevera repleta con variedad de jugos, variedad de embutidos, variedad de todo. Pero su mamá le tenía estrictamente prohibido abrirla, y menos pensar en comer de lo que había allí. Todos los manjares eran para las visitas, incluso para otros niños que llegaban, pero no para los de la casa. Mi amigo la tuvo peor: la envidia de su propia nevera.
Lo bueno, lo único bueno es que este mal no es crónico.
Yo me curé para siempre el día que me tocó hacer mi primer supermercado con mi platita, ganada con mi esfuerzo. Descubrí con tristeza que uno trabaja para comer. Entonces, comprendí a mis padres, me avergoncé otra vez de mí, y empecé a resignarme a que si un día tengo hijos probablemente sentirán la punzada de este mal, porque siempre habrá una tía o una vecina con una nevera más equipada que la de la casa propia; no podré evitar que se den cuenta. Aunque, por lo menos, mis hijos sí podrán abrirla cuando les da la gana. Porque los adultos tampoco somos como los de antes.
|