Publicado el viernes 19 de enero de 2007 - Edición No. 878 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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No es más que un hasta lue-e-e-go
Julieta de Diego de Fábrega

Recuerdo claramente que luego de leer la primera columna de La Vida en Fucsia hace cinco años, salí despepitada a mi computadora a contestarle a este grupito de pe-laas que me habían hecho recordar de forma brusca e inesperada que tenía muchos años de haber dejado atrás la soltería con todas sus ventajas y desventajas. Aunque la columna tenía una sola autora, ya nos avisaban que eran tres las "Mosqueteros" que compartirían el espacio.

"De fucsia a verde limón" fue el nombre con que bauticé mi réplica en la que les avisé que la vida de señora de fulano y madre de perencejo también tenía su gracia. No puedo decir que las chicas de fucsia son como mis hijas, pues tendría que haber empezado a parir a edades sólo apropiadas en el siglo XIX, pero sí puedo decir que las quiero como tales y que además las respeto como profesionales, como personas y como amigas.

Razones más que válidas para usar este espacio para confesarles que las voy a extrañar.

Por un lado sus escritos me servían para mantenerme enterada de cómo se hacen las maracas hoy en día, pues, si bien es cierto que al hurgar un poquito más allá de la superficie en todo aquello de las relaciones interpersonales, romances y aventuras de trabajo, vemos que los conceptos generales permanecen casi inamovibles, cada generación le da su toque especial y uno tiene que mantenerse actualizado.

Por otro lado, me encantaba eso de encontrarme con una pluma diferente cada semana, cada una con su estilo. Y parece mentira que aunque todas navegaban por lo que parecía ser el mismo océano, cada una tenía una forma diferente de enfocar cada situación vivida. La vida en fucsia no era una bolsa de naranjas, era una canasta de frutas, llena de sabores y olores distintos.

Pero lo que más me gustaba de todo era dejarme llevar hasta una situación bien enredada y luego poquito a poquito dejarme sacar. Porque, aunque estar casada no es fácil, estar soltera tampoco. Así como mi primer impulso hace cinco años fue hacerme la que estaba en el bando contrario, ahora me uno a las múltiples voces que han preguntado ¿por qué nos dejan?

Como ya estoy medio grandecita puedo entender perfectamente que cierren este capítulo de su vida y abran otro. Por eso no me mortifico. Sé que si bien la tinta fucsia anda escasa, todavía les quedan cartuchos de muchos otros colores y que su nombre seguirá apareciendo semanalmente en páginas escritas que yo, como siempre, devoraré.

Ili, Roxi y Esther no dejarán de escribir –para ellas eso sería como dejar de respirar– simplemente escribirán aventuras de otro color. ¿Qué si el trío dinámico seguirá compartiendo el mismo espacio? No lo sé. Pero eso no es tan importante. Habrá que esperar a ver si sus caminos vuelven a converger.

Cuando era Muchacha Guía solíamos despedirnos al final de cada reunión con una cancioncita que terminaba "no es más que un hasta luego, no es más que un breve adiós, muy pronto junto al fuego, nos reunirá el Señor". La tonada se canta con la música del viejo canto escocés Auld Lang Syne y su primera estrofa dice: ¿Por qué perder las esperanzas de volverse a ver? ¿Por qué perder las esperanzas si hay tanto querer?

Bueno, compañeros lectores de La Vida en Fucsia, eso es lo que les digo ahora. Nuestras chicas no se van para otro planeta ni han colgado la pluma, por lo menos, no que yo sepa. Siguen apareciendo frente a su escritorio cada mañana con nuevas historias bajo el brazo, nuevas mentes que hurgar, nuevos temas que desarrollar. Y, quién quita que a partir de la fecha cada una escoja un color diferente para teñir el telón de su vida. Eso también puede resultar muy divertido. Yo, por mi parte, lo único que diré en este momento es ¡hasta luego! Y como añadiría cualquier personaje menor de 25 años ¡Las quiero mucho!


 
 
 
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