Publicado el viernes 19 de enero de 2007 - Edición No. 878 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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POR LA SOMBRITA
La feria, otra vez

Durante mi infancia, si había un paseo que era seguro –así como la cena de macarrones con gallina de los domingos– era el de la feria internacional de La Chorrera.

Roxana Muñoz

La posible insinuación de que la Feria de La Chorrera se suspendería, habría sido en mi casa, hace algunos años, motivo de duelo. Durante mi infancia ese era un paseo fijo. De aquellos viajes –los domingos– recuerdo siempre las peloteras para tomar un bus en la piquera de Calidonia y las veces que nos equivocábamos bajándonos en la parada que no era, para tomar el busito que nos llevaba hasta la feria. No olvido el millo servido en bolsitas de papel manila, ni un peluche que allí me compraron y al que nunca pude abrazar bien porque me daba picazón.

Yo tardé un poco en caer en cuenta de que la feria poco variaba. Y cuando tuve oportunidad de ir a otras actividades similares descubrí que el que inventó el concepto de estos eventos debió ser el mismo. En toda feria que se respete, se exhibe ganado. Suele haber una veredita por la cual las personas caminan, y de ambos lados, separados por barandas, están las vacas echadas sobre paja y algunos hombres recostados en hamacas, quienes supuestamente las cuidan. Esos enormes animales tienen suficiente paciencia para aguantar que todo el mundo las vea y le señale los cachos.

No muy lejos estaban los puercos, los chivos y otros animales olorosos que nadie quiere olfatear, pero no por ello la gente se abstiene de echarles un ojo.

Tampoco faltan los varios quioscos con comida criolla –ahora los de la Junta de Carnaval les dicen sanconchódromos–, con mesitas de floridas carpetas de plástico en torno a las cuales hay banquillos o sillas de madera forradas con cuero.

Mi mamá insistía en que viéramos todos los puestos de exhibición: pasábamos por el quiosco del Mida repleto de verduras, por el de la Policía de Tránsito donde uno aprendía a cruzar la calle, y también el de la Lotería donde la gente esperaba que le dieran los números de la suerte, en ese recorrido llegábamos al trapiche, donde bebíamos jugo de caña que nos dejaba con ganas de dar otras dos vueltas a la feria.

La verdad es que nos encantaba ese paseo. A pesar de lo lejos que nos quedaba y aún cuando era un lío conseguir un baño más o menos decente. Llegábamos temprano, alrededor del mediodía, y nos regresábamos cuando entraba la avalancha de gente rumbo a los toldos. Y el regresar era otro revulú para tomar el bus de vuelta a Panamá.

Las ferias siguen siendo un paseo del verano. Es uno de los pocos días en que la gente puede ponerse sombrero de vaquero y botas, y si uno luce como Pedro el Escamoso no importa. Eso sí, a las ferias no hay que llevar tacones ni zapatos incómodos; no se puede por las piedras, los huecos y el polvo que caracterizan a casi todos estos eventos.

Mi mamá sigue siendo una adicta a esas ferias. Ahora no solo va a la de La Chorrera; tampoco se pierde la de Azuero, la de Boquete ni la de La Naranja. Cada año, cada vez que regresa, le pregunto qué había de bueno por allá, y adivinen qué me contesta: "lo mismo".


 
 
 
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