Marcos Gómez Sancho
Antes de partir
A raíz de una infección post-operatoria, este anestesiólogo estuvo a punto de morir. Al levantarse de aquel episodio de su vida, decide enfocarse en hacer más fácil el momento final de otros.
Ileana Pérez Burgos
¿Qué hace un médico? Cura, lógicamente, con medicamentos, tratamientos y cambios de hábitos, que alivian los malestares del cuerpo. No obstante, para aquellos médicos, fisioterapistas, enfermeras y trabajadores sociales que laboran en las unidades de cuidados paliativos, la cura no es el objetivo ni los medicamentos son su única arma. Ellos tratan al paciente que no tiene cura y, por tanto, morirá.
El doctor español Marcos Gómez Sancho se dedica a promover alrededor del mundo esta especialidad entre los profesionales de la salud. Cuando los cuidados paliativos -por los años 80- comenzaban apenas a tomarse en serio en algunos hospitales, sobre todo, en aquellos dedicados a tratar el cáncer, decide embarcarse en la labor de ayudar a bien morir.
Por experiencia propia
Gómez Sancho acababa de dictar una conferencia en un congreso de cuidados paliativos celebrado en Panamá. Había hablado a profesionales y voluntarios involucrados con la atención a enfermos terminales y a personas que enfrentan una pérdida. Sentado en un sofá del pasillo del hotel donde se realizaba el evento, habló de la muerte sin reservas ni titubeos, pues es la única certeza en su trabajo.
A mediados de los años 80, Sancho trabajaba como anestesiólogo en la unidad de cirugía cardíaca de un hospital en Las Palmas, Gran Canarias. Tenía un problema lumbar que requirió de cirugía y tras la operación sufrió una infección -"osteomelitis vertebral"- que lo forzó a estar en cama tres años.
"Estuve a punto de morirme y en tres años hay mucho tiempo para reflexionar sobre una experiencia personal tan dolorosa y tan violenta", cuenta. "Cuando me incorporé a mi vida laboral, decidí dirigir mi rumbo hacia un terreno, en aquellos momentos desconocido e incipiente, como eran los cuidados paliativos".
Para 1989, cuando se levanta de su cama, solo existía en España una unidad de cuidados paliativos, así que se dirigió al Instituto Nacional del Cáncer de Milán donde estuvo cuatro meses estudiando la especialidad que ayuda a los pacientes a morir dignamente.
Ese mismo año, puso en marcha en Las Palmas la primera unidad de cuidados paliativos en esa provincia. Hoy es el jefe de la Unidad de Medicina Paliativa del Hospital de Gran Canarias Doctor Negrín, y un orador internacional sobre el tema, además de haber presidido diferentes asociaciones de esta especialidad.
En Panamá apenas existe una unidad de cuidados paliativos formal, en el Instituto Oncológico Nacional, aunque los especialistas consideran que debería existir una en cada centro hospitalario. No obstante, es un tema que ya se pone en el tapete.
En España, existen más de 300 programas de este tipo, lo que marca un avance en los más de 15 años que lleva Sancho hablando del tema.
"Se va cambiando inevitablemente pero mucho más despacio de lo que a nosotros nos gustaría", explica. "También es verdad que el cambio que promovemos es bastante importante", pues los médicos son educados para curar y no para tratar al paciente incurable.
"Es una cultura médica muy arraigada de que las cosas o se pueden curar o no se hace nada con ellas", dice. "[Se trata deI hacerles comprender que antes o después todos los enfermos llegarán al momento en que no se puedan curar y eso no significa que los debamos abandonar, sino que a partir de ese momento hay que hacer cosas distintas. Lo que promovemos es ayudarles a afrontar la última fase de su vida de la manera más digna posible, con el exquisito control de los síntomas del dolor pero también con apoyo emocional, sicológico y afectivo, no solamente al paciente sino también a los familiares que con mucha frecuencia lo pasan igual o peor".
Bautizando el dolor
Gómez Sancho habla de "bautizar el dolor", de "ponerle nombre" para suavizarlo. Comenta que un dolor que se sabe instantáneo y que pasará no causa sufrimiento pero es diferente cuando "es el dolor escondido, que no sabemos a qué se debe, que tampoco sabemos cuánto va a durar y que sospechamos que significa que la enfermedad está avanzada. Eso hará que el dolor sea vivido de una manera mucho más intensa".
Por eso, es esencial saber qué lo causa, pues lo primordial, para él, es quitar el dolor al paciente. "Una persona con un dolor extenuante es incapaz de pensar en ninguna otra cosa que no sea su dolor, por lo tanto, hay que quitar el dolor a toda costa".
Frente al alivio del dolor surgen otros mitos que a veces dificultan la tarea. "Existe una gran cantidad de frenos por mitos y leyendas alrededor de la morfina. Eso hace que muchas personas y muchos médicos le tengan un miedo absolutamente irracional, y como consecuencia de esa falta de información con respecto al uso de la morfina, muchos pacientes mueren con un insuficiente alivio del dolor y, esa en mi opinión es la más escandalosa y persistente de las negligencias médicas. Eso es inaceptable", enfatiza.
Cuenta que "hay más de un panameño que hoy desayunó 100 miligramos de morfina y está ahora mismo en la playa o de compras en algún comercio de la ciudad; sin lugar a dudas, alguno estará también en su oficina. La morfina bien indicada no tiene por qué alterar en absoluto la vida normal de las personas".
Alimentado el espíritu
La espiritualidad es parte de las armas de los paliativistas para calmar el sufrimiento de sus pacientes.
"La dimensión espiritual del ser humano es lo que le define, lo que le diferencia del resto de los seres vivos", comenta el médico español. "Son necesidades como amar, ser amado, perdonar, ser perdonado, la reconciliación, buscar un sentido a la vida, también a la muerte y al sufrimiento".
Por lo que hace hincapié en que no se puede pensar que la ayuda espiritual es solo asunto de los religiosos, sino también del personal médico. "Un padre cuyo hijo se marchó de casa hace cuatro años, no podrá morir tranquilo hasta que no llegue el hijo y se den un abrazo, se reconcilien y se perdonen mutuamente. Por eso todos los profesionales del equipo interdisciplinario tenemos que trabajar en la dimensión espiritual del ser humano".
A los familiares aconseja darle al paciente todos los cuidados que requiera. "De esa manera, ellos van a quedar con la consciencia mucho más tranquila y van a poder elaborar el duelo mucho mejor, aparte de que va a permitir al enfermo vivir con mejor calidad de vida su final".
Pese a estar constantemente frente a la muerte, Gómez Sancho considera que el personal de cuidados paliativos sufre menos de desgaste que otros.
"No es en los servicios de cuidados paliativos donde más gente se quema porque quien se dedica a los cuidados paliativos acepta y asume que la muerte no es un fracaso de la medicina, sino que forma parte de la condición humana y por eso, no se quema tanto como profesionales en otras áreas del hospital que sistemáticamente luchan contra la muerte y cuando un paciente se muere lo consideran, aunque sea subconscientemente, como un fracaso profesional". Opina, por ejemplo, que el personal de cuidados intensivos puede desgastarse más emocional y físicamente.
También estima que influye en evitar el desgaste, el hecho de que en cuidados paliativos las relaciones de trabajo son más horizontales que verticales, es decir, las decisiones no solo recaen en el jefe, sino que son compartidas. "Eso hace que el profesional también se sienta más implicado y corra menos riesgo de quemarse".
Lo aprendido
Aun así, asegura que hay muertes más difíciles que otras, "cuando resulta muy difícil cerrar el círculo de una vida", lo que sucede con los pacientes jóvenes, aun más cuando estos tienen responsabilidades importantes. "Imagínese una muchacha de 25 años que tiene un hijo de dos y que está divorciada. Es poco probable que esa mujer en algún momento pueda aceptar su muerte. Tendrá un dolor muy difícil de controlar porque se mezcla con la rebelión tremenda por la responsabilidad que va a dejar en este mundo".
Cuando se le pregunta sobre el cambio en su vida a raíz de su cercano encuentro con la muerte, dice que cree "que los seres humanos somos tan brutos que solamente aprendemos en las cruces. Pueden pasar días, semanas, meses, años, mientras todo vaya bien el hombre no reflexiona sobre sí mismo hasta que sucede una crisis y el hombre se plantea una gran cantidad de cosas que nunca se había planteado".
Sobre eso, asegura, se aprende mucho acompañando de manera "honrada, cercana y sincera" al paciente a punto de morir. "Nos han enseñado a organizar nuestra escala de valores de una manera diferente. Todavía ningún enfermo de los más de 14 mil que he atendido al final de sus vidas ha echado de menos haber estado más tiempo en la piscina o tener un coche más grande o una casa en la playa. Todos añoran lo mismo: no haber sido más buenos, más solidarios, no haber escuchado más a Morzart, no haber estado más tiempo con los niños o con su familia".
Por escrito
Sus libros
Medicina paliativa: La respuesta a una necesidad
Cómo dar las malas noticias en medicina
La pérdida de un ser querido: el duelo y el luto
El hombre y el médico ante la muerte.
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