|
Como siguiente punto. . .
Me encantan los aniversarios, las inauguraciones y los concursos. No me gustan los discursos improvisados y los largos actos culturales.
Roxana muñoz
Que me perdone por lo que aquí voy a escribir toda aquella gente noble y esforzada, dedicada a organizar premiaciones, inauguraciones, aniversarios, concursos de poesía y todas esas ceremonias que conllevan protocolos similares. Sé que hacen un trabajo muy duro. Si yo alguna vez lo hubiera hecho, no sería tan lisa para estar escribiendo de esto a la ligera.
También confieso que varias veces torturé a audiencias adultas recitando "Oh mis vetustas torres queridas y lejanas. . . " en la Junta Comunal de Parque Lefevre para los aniversarios de Panamá Viejo, pero aclaro que entonces yo era una niña y hacía lo que la maestra me mandaba a cambio de un 5 en apreciación.
Pero ahora, de grande, cada vez que me invitan a uno de esos eventos, lo pienso bastante. En nuestra sociedad para presentar un proyecto, inaugurar un grifo de agua o poner una primera piedra hay que hacer un acto donde no pueden faltar los manteles blancos, el brindis, el acto cultural, los discursos "palabras por. . . " de al menos cuatro personas.
Y tanto matarse ¿para qué? Seguro que la mayoría de los oradores pagaría lo que fuera para no tener que pararse frente a un montón de desconocidos. Hablar en público es uno de los miedos más comunes.
Tal palabrería tampoco es un jardín de rosas para los asistentes, que están pensando si dejaron la plancha conectada o cuándo se acaba eso para ir a atender el cerro de trabajo que tienen en la oficina. . . , peor aún es tener estos pensamientos mientras se está sentado en una fría sillita de metal.
Alabados sean los oradores que son breves, hacen un chiste y se van. Todo lo contrario para los que se extienden bla, bla, bla, mientras los niños invitados se desesperan en sus asientos, el brindis se enfría –o se calienta– y las empolleradas transpiran hasta por los tembleques.
En estas actividades hay un moderador que da las palabras de bienvenida al "estimado público presente", lee los currículums de los nunca bien ponderados oradores y dice entre cada pausa "Como siguiente punto. . . ", los puntos en el programa con suerte son cuatro o cinco, pero a veces son siete o 10. Cuando la cosa es grande, hasta un intermedio para orquesta de cámara; no falta el baile de pollera, diablicos, y cuidado que hasta murga.
Si los organizadores han conseguido –para ellos es un triunfo– que algún ministro u otra autoridad de igual nivel prestigie la actividad con su presencia, es casi seguro que la cosa empieza tarde, hasta que llegue, si es que llega y no manda a un representante en su lugar. A esos señores tan distinguidos les digo que les conviene ser puntuales, porque mientras se les espera, el resto está pensando en ellos y no precisamente para bien.
Sé que organizar estas actividades es un martirio. Generalmente el que organiza hace de todo: desde llamar a los invitados, hasta hacer en word –sí, en word– los programas y las invitaciones, sin contar que tiene él mismo que ir a recoger las boquitas en su carro, ver que se planche el mantel y que todo parezca de lujo, pero con un presupuesto de salchicha y jamonada. ¡Ay! de que en el programa se le olvide incluir el nombre de alguno de las docenas de colaboradores. Se arma tal revulú, que a veces parece que lo importante no es que se inaugura un grifo de agua, sino quién lo inaugura.

|