Esperado encuentro
Julieta de Diego de Fábrega
Mi primer año de universidad lo hice en Saint Mary of the Woods College, una institución fundada por la orden de las Hermanas de la Providencia, ubicada en West Terre Haute, Indiana, un pueblito en la ribera del río Wabash y que en el año 2000 tenía apenas 2,300 habitantes. Ya se podrán imaginar que en 1973 tendría cinco o seis. La universidad, por su parte, también era mínima y sólo de mujeres (requisito indispensable para que pudiera asistir), lo que promovía que la mayoría de las estudiantes de una forma u otra se conocieran.
Recuerdo que cuando llegué me habían asignado un cuarto sola, pues en aquellos días la correspondencia no viajaba cibernéticamente, sino en avión, carro, tren y burro, así es que mi carta describiendo las características que prefería para mi compañera de cuarto había llegado muy tarde. No me molestó pues mi cuarto estaba estratégicamente ubicado frente a los baños comunales y muy cerca del teléfono público que todo el piso compartía.
Para mi sorpresa descubrí que había un nutrido grupo de panameñas, algunas viejas conocidas y otras, prospectos para nuevas amistades, pues aunque no teníamos ninguna clase juntas, a fin de cuentas la tierra natal jala. Simultáneamente fui conociendo otras personas y rápidamente hice clic con una joven que estaba en mis clases de comunicaciones.
Luego de un par de meses de trabajar juntas y luego de que ella confirmó que había un cuarto para dos disponible en el dormitorio, nos mudamos juntas. Bárbara resultó ser una compañera de cuarto maravillosa. Aunque nuestras personalidades eran distintas lográbamos complementarnos muy bien y terminamos el año con planes para compartir cuarto al año siguiente. Estos se deshicieron porque yo no regresé, pero siempre mantuve vivo su recuerdo.
Con la invención de la internet me propuse volverla a encontrar y sorprendentemente lo logré porque sus padres seguían viviendo en el mismo lugar que 25 años antes. Intercambiamos direcciones de correo, algo de información y cuando aquella vieja computadora decidió morir, con ella murió la información que me permitía saber de Bárbara.
Hace un tiempito me entró la picazón de nuevo. Saben, esas nostalgias que le entran a uno cuando se va poniendo viejillo. Puse manos a la obra y luego de mil vueltas la encontré de nuevo y aunque los contactos han sido esporádicos, nunca se me han quitado las ganas de volverla a ver.
Sucede que tendré ocasión de ir a Chicago -seguro cuando esto salga ya habré ido y regresado- y esta vez ya hice los arreglos necesarios para que nos encontremos. Estoy súper emocionada. Pensando en ella he vuelto a recordar aquel año en Indiana. La terrible tormenta de nieve que azotó el estado en diciembre, justo cuando nos tocaba regresar a casa para Navidad y que casi nos obliga a pasar las fiestas en un aeropuerto. He recordado también las botellas en las que solíamos colocar velas para que se fueran derritiendo una sobre otra creando toda una obra de arte, sin que a nadie le preocupara la posibilidad de que un incendio consumiera todo el edificio.
A mí regresan las noches largas en que ambas pasábamos horas frente a nuestras respectivas máquinas de escribir tratando de terminar un trabajo. Ella, por supuesto, mucho más eficiente que yo, tanto en redacción como en mecanografía, pero siempre dispuesta a sacarme de un apuro.
Sé que durante mi viaje no dispondremos de mucho tiempo para estar juntas, pero seguramente será suficiente para que nos pongamos al día sobre lo que ha ocurrido en nuestras respectivas vidas en estos 33 años que tenemos de no vernos. La verdad es que esta es una de esas ocasiones en que agradezco que exista la tecnología que le permite a uno reactivar vínculos tan preciosos como éste. A mi regreso les contaré cómo me fue.
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