Publicado el viernes 4 de mayol de 2007 - Edición No. 894 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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POR LA SOMBRITA
Malas mañas a la hora de comer

A casi todos en la niñez nos dijeron 'tienen que comer de todo' y algunos lo hicimos a regañadientes, pero ya grandes hacemos lo que queremos con nuestro plato.

Roxana Muñoz

De chiquitos nos hacemos maestros en el arte de espulgar la comida, apartando las cebollas y los ajíes a un lado del plato, o nos da por exigir que solo se nos sirva arroz pelado durante una semana, lo que destroza los nervios de las madres y no las deja dormir pensando que en cualquier momento las van a llamar de la escuela para decirles que sus hijos se desmayaron de hambre mientras cantaban el himno nacional, lo cual sería la mayor vergüenza para muchas progenitoras.

Ser remilgosos para comer no es característica exclusiva de los niños, lo que pasa es que ya grandes nadie nos hala las orejas en público, las mamás se aburren y dejan de quejarse de eso con las amigas y nos critican con discreción.

Una costumbre que mucha gente tiene –que conste que no yo– es la de mantener las menestras y el arroz separadas y hasta en platos diferentes. Estas personas saben que todo va a entrar por la boca y que se va a revolver cuando llegue al estómago, pero antes de eso no quieren que el juguito del poroto perturbe la blancura del arrocito. Del otro lado están muchas personas que tan pronto les sirven el arroz y el poroto lo mezclan y. . . mmmm les parece rico.

En el grupo de los que quieren mantener las comidas aparte están los que tampoco desean que el aderezo de la ensalada moje el arroz.

Es que mañas hay muchas. Recuerdo que en mi familia algunos niños –y ahora lo hacen grandes– tenían lo costumbre de comerse toda la comida y por último la carne, era como la cerecita del pastel y por eso lo dejaban para el final. Esa maña le costó a uno de mis primos que nuestro perro 'Capitán' se robara la carne del plato. ¿Que qué hacia ese perro tan cerca de donde comíamos? Lo mismo se preguntó nuestra abuelita por mucho tiempo.

Otra manía que tenemos los adultos es la del abuso del ketchup; debería haber una licencia para utilizarlo porque algunos hacen desastres. No niego que con papas fritas es riquísimo y también hace más llevadero algunos arroces fritos, pero echárselo al arroz blanco, a los macarrones, a la paella, a la pizza (¡no me lo dijeron, lo vi!) me parece que es demasiado, por no decir que la persona que con tanto amor cocinó se siente ofendida.

Para muchos no hay comida si no tienen presa (carne, pollo o pescado), otros tampoco se sienten contentos con solo pasta o con tacos. Tienen que ver el arroz. Conozco a unos que no pueden comer si no tienen la soda cerca.

Nuestras madres lucharon para que de niños comiéramos de todo, pensando que así pasaríamos menos trabajo en la vida (no fuera a ser que nos tocara estar en una isla desierta con puro chayote). Por eso tantas veces nos decían ‘tantos niños muriéndose de hambre y ustedes que no quieren comer’. Otras madres en el afán de alimentar bien a sus retoños invertían tiempo en triturar la cebolla, ajo, perejil, ajíe, para que el chiquito se lo comiera.

Mi abuelo se ponía furioso cuando mi abuelita nos preparaba platos diferentes, ‘esto no es restaurante’ decía, pero mi abuela solía complacernos, a escondidas, cuando no queríamos sopa de cabeza de pescado.


 
 
 
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