Anoche soñé con él
Julieta de Diego de Fábrega
Hoy me he sentado frente a la computadora más tarde de lo que usualmente lo hago. ¿Qué les puedo decir? Se me pegaron las sábanas o di más vueltas de la cuenta, no estoy segura. Bueno, el caso es que estaba emocionadísima porque, según yo, iba a escribir este artículo en un santiamén porque anoche soñé con él, pero, como suele suceder con los sueños, se me olvidó.
Lo que más rabia me da es que lo tenía completito, de pe a pa. Pero no se preocupen, aquí me voy a quedar sentada hurgando en mi cerebro hasta que me acuerde. ¡Ah, ya lo tengo! Es un temita que tengo pendiente desde hace varios meses. Uno de esos documentos que abro, empiezo a escribir y por causas ajenas a mi voluntad tengo que dejar a medio palo. A veces me sucede que los retomo apenas tengo chance, pero en otras ocasiones, simplemente queda perdido en la enorme maraña de carpetas, carpetitas, archivos y archivitos que viven en mi computadora.
El nombre original era ‘La generación del sushi’, pero ya no es. Todo empezó porque un día estaba observando a un grupo de niños -casi bebés- que deliberaba sobre un pedido de sushi que estaban preparando. Los pelaítos se sabían todos los nombres, entendían perfectamente qué tenía cada uno por dentro y por fuera y supongo que hasta sabían comer con palitos.
Automáticamente viajé a la infancia de mis hijos y concluí que ellos pertenecieron a la generación de los nuggets de pollo, las papitas fritas y el ketchup, mientras que nosotros los adultos crecimos alimentados con comida casera y uno que otro pollo frito en la adolescencia. ¡Cómo han cambiado las cosas!
Ahora bien, la generación del sushi tiene otras características muy especiales, aparte de comer platos mucho más sofisticados que el democrático emparedado de queso derretido que pedíamos nosotros cuando estábamos cansados del arroz con lentejas.
Por ejemplo, cuando los miembros de la generación CC (comida casera) llegábamos a la adolescencia y empezábamos a manejar, nos ‘prestaban’ ocasionalmente la cacharpa de la casa. Es decir, aquel carromato viejo que ya los papás estaban cansados de manejar. Y el préstamo venía casado con una lista enorme de ‘mandados’ que había que hacer durante el tiempo que duraba el préstamo del automóvil.
Pero la generación del sushi ...ah, no. Nada de carros viejos ni mandados. Desde los 15 años informan a los confundidos padres que para cuando saquen su permiso de manejar, a los 16, quieren un carrito nuevo, bien pretty y preferiblemente semi-deportivo o bien fashion, con gasolina incluida y permiso para llevarlo al colegio porque el bus es un plomo. Pobres, no saben de lo que se pierden, porque en el bus colegial, además de ponerse uno al día con las horas de sueño perdidas el día anterior, se aprenden muchas cosas.
Por otro lado, estos personajes llevan una flamante Visa o Mastercard en su cartera desde que aprenden a caminar, y con muy pocas restricciones para su uso. Y así como los miembros de la generación del NPK (nugget, papita y ketchup) pensaban que un cheque podía comprar desde un chicle hasta un viaje a Disney y estaban convencidos de que en los bancos ‘regalaban’ plata, estos han comprobado que su tarjetita de crédito efectivamente puede pagarlo todo. Y de hecho lo paga.
Además, son malos para recibir órdenes y buenos para darlas. Buscándole el lado bueno a esta característica, pienso que si la usan bien podrían llegar a ser grandes líderes, de lo contrario, la humanidad estará fregada, pues tendremos que aprender a vivir con un chorro de adultos exigentes y medio vagos que, al perder a papi y a mami, empezarán a pedirle al mundo que se ocupe de sus necesidades vitales, i. e. carro bonito, ropa de diseñador, casa gigante, viajes de un mes ¡qué susto!
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