Mejor enfermo y solo que mal acompañado
Cuando no se tiene nada bueno que decir, es mejor callarse y alejarse de los que no se sienten bien.
Roxana Muñoz
En algún momento la enfermedad tocará a nuestras puertas. Nadie se escapa de su visita. En esas ocasiones recibimos el apoyo de amigos y conocidos; pero –siempre el pero– hay algunas personas que por su carácter y talante harían un gran favor si se mantuvieran lejos. Me permito presentarles una clasificación de estos individuos.
1. Los que se creen doctores
Usted dice: ‘¡ay, me duele la cabeza!’ y enseguida salta su compañera de al lado diciendo que para eso le puede ofrecer migradorixina, migratan y parcel.
Estas personas, –juran ellas–, conocen al dedillo la terminología medicamentosa.
Generalmente, el resto desconfía de su sabiduría, pero termina zampándose sus remedios. Eso sí, después, cuando aparezcan las reacciones alérgicas, no llore.
Entre esos ‘recetadores’ están los que se decantan por la medicina natural: ‘Tómate un té de ajo’; ‘prueba con agua de salvia reposada en la madrugada’; ‘ponte en la cabeza sebo de Cuba y caraña hedionda’.
Hay que admitir que con los años, la mayoría de las mujeres nos convertimos en un botiquín ambulante. Compramos carteras enormes para llevar Menticol, Agua del Carmen, Agua de Maravilla, Bay Rum, alcohol con alcanforina y hasta papel higiénico (un rollo entero) por si acaso.
2. Los 'Yo estoy peor'
Perder, a nadie le gusta. Pero estas personas son el colmo en su afán por tener la última palabra. Usted habla de su presión alta y ellos, para no quedarse atrás, responden: ‘Uf, yo sufro de la presión alta desde hace 10 años; como bajo en sal, la última vez que probé un puerquito fue para el Año Nuevo en que nos entregaron el Canal. Pero ya ni me importa porque mis papilas gustativas no me sirven desde hace tres años. En mi familia todos han sufrido ataques cardíacos antes de los 50 años’.
Es muy común encontrarse con estas personas en las filas para sacar citas en el Seguro. Algunos son unos verdaderos exhibicionistas de sus expedientes médicos y no dudan en contar con pelos y señales cómo les pusieron una sonda.
3. Los alarmistas
Los dos anteriores individuos son mejores para el estado anímico de una persona enferma. Dios nos guarde de los alarmistas. Son aquellos a los que usted les dice que tiene dolor de cabeza y enseguida se salen con: ‘¡Cuidado!, mi tío Lencho tuvo un dolor de cabeza igualito, a los dos días se comió un helado de pipa y le dio un faracho’.
Semejantes personas deberían estar fichadas para impedir que entren a los hospitales en horas de visita. Tan pronto saludan al paciente encamado comentan que la última vez que estuvieron en un hospital fue para visitar al finado primo Alberto.
También se les viene a la memoria aquel vecino joven y fuerte que entró de lo más bien al hospital para sacarse el apéndice, pero sufrió una infección y nunca salió de allí. ‘No duró ni un mes’, dicen con solemnidad.
Si nadie les calla la boca, continúan detallando eventos desafortunados de enfermedad y muerte. Mientras, el enfermo pela los ojos y se angustia.
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