Publicado el viernes 31 de agosto de 2007 - Edición No. 911 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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DIARIO DE MAMA
Pasión en amarillo
Julieta de Diego de Fábrega

Para la mayoría de las personas el rojo es símbolo de pasión. Los hombres cuando andan de cacería -de mujeres- suelen enviarles enormes ramilletes de rosas rojas, las cuales, generalmente, son recibidas con gran emoción y le ganan al remitente una buena cantidad de puntos. ¿A quién no le gustan las rosas?

Sin embargo, siempre están las raras como yo, que no se conforman con las reglas pre establecidas y prefieren que las demostraciones de amor y pasión vengan en otras figuras. Claro que si recibo un ramo de rosas rojas de parte de mi marido me voy a emocionar, pero si recibo uno de rosas amarillas, bueno, eso ocasionaría que el corazón me latiera mucho más rápido.

Alguien me preguntó que por qué. No tengo una respuesta clara, creo que es simplemente porque las rosas amarillas son mis favoritas y prefiero que cuando alguien quiera decirme que me quiere mucho lo haga escogiendo lo que prefiero aunque no sea lo convencional.

Lo raro de todo esto es que el amarillo no es ni siquiera mi color favorito. Para vestirme suelo inclinarme por el rojo -así soy de incongruente- o por la ausencia total de color -el negro-. No me visto de amarillo, pues nadie podría distinguir dónde termina la vestimenta y dónde empiezo yo, puesto que soy así como de ese colorcito amarillo tirando a verde, que puede ponerse bonito si uno toma sol, pero con la cantidad de contraindicaciones que tiene el sentarse bajo el astro rey, son pocas las ocasiones en que sus rayos me tiñen.

Creo que cuando era más joven las rosas rojas me emocionaban. Y digo creo, pues me he encontrado entre mis libros un par de pétalos bien acomodaditos entre papel cebolla que deben haber sido parte de aquella flor que me robó el aliento. Pero el tiempo transcurrió y empecé a notar la hermosura y la elegancia de las rosas amarillas que sobresalen entre las demás sin hacer tanta alharaca.

Con los años empecé a darme cuenta también de que me gusta mucho más que me traigan una sola rosa, escogida entre un ramillete por ser la más perfecta, que recibir dos docenas clavadas en un enorme oasis como soldaditos. Les cuento además que si la flor llega con una tarjeta o simplemente un beso, me siento más importante que la reina de Saba. Las que llegan solitas puede uno ponerlas en la mesita de noche y disfrutarlas día tras día hasta que se pongan viejitas, mientras que los ramos enormes requieren de una logística complicadísima para ubicarlos en algún sitio.

Piensen un poquito, para mandar un ramillete sólo hay que llamar a la floristería, hacer el pedido y rogar que la dependiente esté inspirada y escriba exactamente lo que se quiere decir, mientras que de la otra forma el ‘regalador’ tiene que hacer el mandado completo y eso es lo que me gusta. Soy necia, qué les puedo decir.

Supuestamente en el lenguaje de las rosas, el amarillo es símbolo de amistad y cariño. Pero quién quiere hablar el mismo idioma que todo el universo. Uno de los secretos para mantener viva la pasión es inventarse un idioma propio, único, que no es necesario compartir con el resto del mundo. Es el idioma de los simbolismos privados, de las miradas que hablan sin voz en medio del ruido, del roce que no se ve, pero se siente, del beso que se comparte aun sin contacto físico. Es la magia de las complicidades en secreto, del fuego que arde día y noche.

La historia de la humanidad es una cadena de grandes pasiones cuyos protagonistas han pintado de todos los colores imaginables. No hay reglas al respecto, a menos que uno mismo las imponga o escoja cumplirlas entre las muchas inventadas por otros. Llámenme rebelde sin causa, pero en mi mundo la pasión es amarilla, así de simple.


 
 
 
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