Tareas para niños: los de antes
Julieta de Diego de Fábrega
Me imagino que habrán notado que últimamente la memoria me anda funcionando de maravilla. De repente han aparecido en mi mente imágenes viejísimas las cuales -la verdad sea dicha- me encanta repasar. Esos viajes a la niñez de alguna forma me hacen sentir joven de nuevo. Y no es que esté viejísima, pero he notado que algunos días cuando me levanto de la cama hay ciertas partes de mi cuerpo que protestan.
El otro día estaba viendo televisión y apareció un anuncio de algún programa de puntos de algún comercio local. No recuerdo cuál -la memoria es una de las cosas que me funciona sólo los martes- y pensé ¡cómo ha evolucionado esto de acumular puntos para canjearlos por premios!
Cuando yo era niña una de las tareas fijas que mi mamá y mi abuela nos asignaban -y hablo en plural porque nadie se salvaba, no porque sea funcionaria- era pegar las estampillas que les daban en los supermercados por su compra en los libritos que entregaban para tal fin. Dependiendo de quién fuera dueña del librito las exigencias de orden podían cambiar. Mi mamá, por ejemplo, no se fijaba tanto en los detalles, sin embargo, mi abuela exigía que todas las estampillas estuvieran perfectamente posicionadas en los cuadritos, derechitas y sin espacios entre líneas.
Para quienes no entienden de qué estoy hablando, les cuento que, dependiendo de qué cantidad gastara uno, podían darle una sábana de estampillas, una tirita o un par. Las páginas del librito parecían una tarjeta de bingo y yo calculo que deben haber cabido como 50 estampillas, pero no me crean porque no estoy segura.
Pancho Verde y Chico de Oro eran los personajes que vivían en las estampillas y sabíamos de ellos por la radio y creo que por la televisión también. Sus jingles eran pegajosos y todavía escuchamos a la gente decir que adquirió algo con ‘Chico de Oro y muy pocas libretas’ a pesar de que estos personajes desaparecieron hace casi 30 años.
Además de esta tarea que verdaderamente disfrutábamos, especialmente a partir de aquel momento en que descubrimos que no era necesario gastar toda la saliva que nuestras glándulas iban a producir por los próximos 20 años para llenar los libros, pues podíamos usar agua para mojar las estampillas, había otras que también recibíamos con mucho entusiasmo.
Por ejemplo, hubo una época en que las bolitas de algodón no existían. ¿Qué les parece? Por lo tanto, cuando había bebés en casa había que hacerlas a mano. Y en las casas de antes siempre había bebés porque la gente tenía miles de hijos. Entonces los mayores de la casa -aunque fueran pequeños- tenían que asumir estos trabajos. Muchas horas me pasé haciendo una torrecita con pedacitos de algodón para luego meter el dedo índice en el centro para formar la bolita y darle una vueltecita a la punta para ‘sellarla’. Quedaban con un moñito como el de Cocoliso, el de Popeye.
Espulgar el arroz también podía formar parte de nuestra rutina diaria, aunque para espolvorearlo había que demostrar que estábamos en capacidad de hacerlo sin perder la mitad de los granos que íbamos a almorzar. El arroz se colocaba en una batea que se movía simultáneamente de arriba hacia abajo y de atrás hacia delante sobre un basurero. Era todo un arte.
¿Y qué me dicen de desgranar guandú? Un día compré un mazo y senté a mis hijas frente a una bandeja pensando que se iban a divertir y al primer gusanito que vieron aparecer ‘jondearon’ mazo, bandeja y los pocos frijolitos que habían logrado extraer.
Cuando recuerdo estas ‘sesiones de trabajo’ de mi infancia, siempre concluyo en que éramos niños fáciles de complacer y que con poca cosa armábamos una aventura que aún a los 50 y puf viene a la mente los martes en que la memoria funciona. |