| Mango verde con sal
Julieta de Diego de FÁbrega
Antes de que el mango verde se hiciera famoso por ser el apodo de un reconocido criminal, reinaba entre los panameños como una deliciosa merienda o ensalada. Hoy noto con tristeza que los ‘palos de mango’ son cada vez más escasos. Han sido sustituidos por aceras de concreto, ficus y palmeras de otras latitudes.
No me malinterpreten, encuentro que las palmeras son divinas, pero no me ofrecen nada para comer, mientras que cuando la ciudad estaba llena de casas con patio, estos generalmente albergaban más árboles frutales que decorativos.
Bastaba con salir de casa para encontrar al alcance de la mano mangos de distintas variedades: papayo, calidad, huevo de toro, Julie y miles de etcéteras, además de marañón, guaba, mamón, guayaba, y de vez en cuando hasta cañafístula. Como los pelaos sabíamos ‘trepar palo’, se organizaban expediciones de cosecha que podían ser al patio propio o al del vecino, especialmente cuando los árboles estaban sembrados pegaditos a la cerca y las ramas caían para el lado de uno. Aún en aquellos días el mango papayo era el rey de la avenida, aunque el de calidad, con todo y sus hilachas, siempre le andaba pisando los talones. ¡Qué tardes aquellas! Transcurrían con el brazo chorreado hasta el codo con el magnífico elixir que botaban los mangos maduros al comérselos.
Era común ver a los chiquillos en los recreos del colegio con su buen mango verde en la mano -con todo y cáscara porque hasta eso nos comíamos- y un paquetito de papel encerado en el que guardábamos la sal para acompañarlo. Todo muy rudimentario, pero delicioso. Cuando llegaron a Panamá los Tupperware, había incluso quienes llevaban un buen aderezo de vinagre, limón, sal y pimienta para completar la ensalada. Como no estábamos conscientes de todas las enfermedades que se nos podían pegar, generosamente compartíamos el manjar prestándoselo a los compañeros para que le pegaran un mordisco.
Igualmente llevábamos al colegio sendos cartuchos llenos de mamones, los cuales, quiero aclarar que sabíamos comer perfectamente sin atorarnos y darnos una buena apipada no requería de mayor vigilancia de los adultos. Era una delicia ser así: medio silvestres.
Frente a mi casa vivía el Dr. Octavio Vallarino y tenía en su patio, junto con el loro que relinchaba como caballo, un enorme árbol de caimito y bastante que se nos pegó la boca degustando la deliciosa fruta. Y hablando de bocas pegadas ¿qué me dicen del marañón que se encargó de mandar a la basura una buena cantidad de prendas de vestir gracias a las enormes manchas chocolates que salían sólo después de lavarlas?
En el interior, la ciruela traqueadora era la fruta que nos ayudaba a recobrar las fuerzas. Los árboles se usaban como cerca viva y uno podía ‘estacionar’ el caballo al lado del árbol para ayudarse a subirlo. Eso era cuando uno pesaba 60 libras y tenía suficiente balance para pararse en la silla de montar sin caerse.
Hoy en día las frutas crecen en las góndolas de los supermercados y estoy casi segura de que los muchachos sólo pueden subirse a los árboles usando un simulador de computadora que no sé si habrán inventado, porque como nadie se muere en la acción seguro no resultaría un producto muy cotizado en el mercado.
Me hace muy feliz que cada vez que en casa nos comemos algo que tiene semillas, mi marido automáticamente ordene que las mismas se siembren y se lleva sus plantones para la finca donde algún día podré entrenar a mis nietos en el arte de llegar a la curumbita de los árboles y sentarse allá arriba a conversar sobre la vida mientras ingieren su merienda. Bueno, en verdad, seguro le tocará al abuelo darles esa lección, pues a pesar de sus añitos, todavía tiene viva la memoria genética heredada de los antepasados simios y se encarama en cualquier árbol, igualito que cuando tenía 12 años..
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