Publicado el viernes 28 de septiembre de 2007
  Edición No. 915
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POR LA SOMBRITA
Peor que una mosca en el escritorio

En algún momento de su carrera profesional, usted llegará a toparse con personas especialistas en perder el tiempo, y lo peor es que querrán que usted haga lo mismo.

Roxana MuÑoz
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¿Qué las moscas no entran a la oficina? Error. Entran y salen a cada rato. Ponchan tarjeta y los empleadores tienen que pagarles décimo tercer mes y cuidado que hasta gastos de representación.

Estoy hablando de estos trabajadores que mientras todo el mundo esta ‘hundido’, ‘coagulado’, ‘con el agua hasta el cuello’, ellos tienen tiempo para andar por allí, frescos como una lechuga, mariposeando, dando vueltas por los pasillos o, peor aún, pueden darse el lujo de sentarse a echar cuentos al lado de usted, quien sí está ocupado.

Una característica de estas personas es que no les importa que usted ya le haya dedicado 20 minutos de su tiempo en conversación, no les importa que usted se voltee para seguir escribiendo en la computadora, no importa que el teléfono suene constantemente, ellos se quedan allí hablando a su lado y demandando su atención.

Hay distintas clases de estos personajes: están los que suelen rondar a las secretarias, recepcionistas y empleadas jovencitas con el fin de calentarles la oreja, sin darse cuenta —o sin importarles— poner en peligro el trabajo y la reputación de su bien amada.

Están los que se pegan a cualquiera que les preste un poco de atención y no necesariamente hablan de temas de actualidad, como el final de la telenovela, el reality show del momento o el último escándalo del mundo deportivo (no se haga, que usted también habla de eso en su oficina). No, ellos salen con un tema como: ‘me estaba acordando de que el domingo me comí un pescado con arroz con guandú y plátano maduro mmm. . . ’

y de allí pasan a contar cómo su abuela en el interior tenía una técnica única para cocinar el plátano.

¡Por favor! Usted tiene encima al jefe pidiéndole el presupuesto, al compañero que no le ha entregado el informe, el teléfono suena una y otra vez, y usted no se dio cuenta, pero ya son las 4:00 p. m. , y sumado a todo esto tiene que aguantar a alguien perdiendo el tiempo y pretendiendo robarle al suyo.

No estoy hablando de las personas sociables que se llevan bien con todo el mundo y tienen la delicadeza de acordarse del niño enfermo de la recepcionista o del cumpleaños del que lleva la base de datos. No hay que confundir la velocidad con el atropello.

Ese tipo de personas hace que tengamos muy malos pensamientos como: ‘si yo hiciera eso me botan’, ‘¿será que no tiene vergüenza?’, ‘si yo tuviera tanto tiempo libre me quedaría sentada en mi máquina calladita revisando You Tube o escuchando música de los combos nacionales’.

Lamentablemente a esas personas casi nunca les llaman la atención por su frescura. Tienen una suerte, les digo. Quienes creen en ‘macalusias’ dirían que están rezados. Nada de eso, lo que pasa es que algunos son tan buena gente, mantienen un perfil tan bajo, que su ‘no hacer’ ni siquiera es percibido por las altas esferas de las empresas.

En cambio, quienes sí hacen mucho en su trabajo, proponen ideas, realizan proyectos, cumplen con sus funciones, probablemente se equivoquen más y de eso sí se dan cuenta arriba.


 
 
 
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