Publicado el viernes 5 de octubre de 2007
  Edición No. 915
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Encuentro con mi abuelo

Julieta de Diego de FÁbrega

La Asociación de Propietarios de Inmuebles cumplió en el mes de septiembre 75 años de fundada. Para celebrar esta importante fecha, sus directivos decidieron honrar a su fundador, Juan de la Guardia, mi abuelo.

La junta directiva organizó un acto de lo más lindo y pidió que compartiéramos con ellos información sobre la vida de Papa Juan. Ustedes ya me conocen y saben que soy inventora, así es que les prometí hacer una presentación.

Aunque armar el documento fue un proyecto que me tomó horas de horas y me hizo perder la paciencia por momentos -porque lo mío es escribir y cocinar, no crear Power Points con música y letra- al final concluí en que de alguna manera me había ayudado a redescubrir a mi abuelo.

Aunque mi abuelo vivió muchos años -82 para ser exacta- yo no tuve la suerte de compartir mucho con él. Tenía 11 años cuando se despidió de nosotros y, aunque ha continuado siendo una presencia importante para mi familia, escoger los datos de su vida que fueran representativos y permitieran a los que no lo conocieron entender su filosofía de la vida resultó un proceso delicado. Especialmente, porque la presentación no podía durar 82 horas.

Sumen a eso el hecho de que tuve que visitar el ‘help’ siete millones de veces para dejar la presentación medianamente decente y entenderán por qué la información que llegó muy cerca de la fecha de la celebración se quedó por fuera. ¿De dónde venía? De la memoria de sus hijos y nietos, de sus archivos e incluso de una preparatoria en Massachussets donde a un señor simpatiquísimo que se encarga de los archivos de los ex alumnos no le pareció ningún problema rebuscar entre los archivos de 1903-1904 los datos de mi abuelo.

Aunque los documentos que están en los archivos de mi abuelo son principalmente escrituras, planos y estados de cuenta, él tenía la manía de hacer anotaciones en los márgenes -siempre con lápiz rojo y con una caligrafía que haría al mismo Palmer ponerse verde de la envidia- y gracias a estas notitas, a veces relacionadas con el documento y a veces no, fui encontrando nuevamente a Papa Juan.

Una nota pequeñita fechada 16 de mayo de 1939 me iluminó acerca de lo importante que su familia era para él. Lee: ‘Dice Papá (con mayúscula) que él me quiere tanto que todos los 29 de septiembre que es mi Santo manda a decir una misa por mi salud’.

Mientras leía lo podía ver escribiendo con ese ritmo perfecto y pausado con que solía hacerlo. No era hombre de apuros. Nunca lo escuché levantar la voz ni lo vi caminar rápido, llevaba su cuerpo de un lado a otro con la elegancia de los grandes señores. Siempre que salía de casa vestía saco, sombrero y llevaba un paraguas negro de esos grandes que también hacen las veces de bastón.

Yo -niña como era en aquellos años- nunca llegué a comprender cómo aquel señor tan pausado era el mismo que se ganaba por allá por los pueblos los concursos del mejor comedor de mazorcas, pero ese era un cuento que se escuchaba en la mesa cada vez que aparecía un trozo de maíz en la sopa. Decían que era tan bueno en el arte que una vez que había llenado su lata de aceite de tusas peladas, empezaba a esconderlas debajo de la silla para no dejar tan mal al resto de los concursantes.

Tampoco entendía por qué decían que era tan chispa para todo, si cada domingo, cuando nos acercábamos a saludarlo nos preguntaba ¿tú cuál eres? Pero, bueno, yo era una pelaíta y todavía no había experimentado el paso aplastante de los años por mi cabeza.

Papa Juan fue la primera persona muerta que vi en mi vida. Lucía hermoso con una sonrisa que parecía decir ‘misión cumplida’. ¿Por qué no? Vivió.


 
 
 
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