| El síndrome de fatiga crónica
Julieta de Diego de FÁbrega
Para quienes no lo saben, esto es una enfermedad real, existe y muchas personas la padecen. Los científicos tienen años de estarla investigando y luego de muchas vueltas han logrado identificar claramente los síntomas clásicos de la misma, pero no se han puesto de acuerdo en las causas. Tienen varias pistas que van desde infecciones virales que pueden desatarla, hasta deficiencias en el sistema inmunológico sin causa aparente. Como yo no soy experta en esas cosas, termino aquí mismo las deliberaciones científicas.
Sin embargo, encuentro que, además de las personas clínicamente diagnosticadas con esta enfermedad, el mundo está lleno de personas que están profundamente cansadas. Analizando las causas de este cansancio que simplemente está allí de forma permanente sin que haya una razón médica para él, concluyo que lo que está sucediendo es que el mundo profesional se ha convertido en un lugar inhóspito en el que, para sobrevivir, se requiere una inversión de tiempo enorme.
Yo no sé si ustedes se acuerdan, pero cuando salieron los celulares al mercado un par de rebeldes dilató la decisión de tener uno hasta el día en que el jefe se los dio y les advirtió que mejor era que lo tuvieran encendido 24/7. ¿Ven cómo ando de moderna con los términos que usa la gente joven?
Bueno, la cosa es que todos eventualmente nos volvimos esclavos del celular, por lo que las horas de trabajo se extendieron a las noches y fines de semana. Llegó el roaming y seguimos trabajando hasta cuando andamos de vacaciones. Porque siempre tenemos el chéchere encendido con la excusa mental de que debemos estar disponibles por si nuestros hijos nos llaman.
Para rematar alguien inventó un aparato que tiene el nombre de una fruta y nada que quita el cáncer ni que tiene antioxidantes. Simplemente nos avisa que tenemos ciento cincuenta mil correos electrónicos y ¡aleluya! Los podemos contestar. ¿Quién ha dicho que uno quiere andar pensando en presupuestos cuando está tomándose una piña colada en la playa? Pero eso no lo pensamos cuando el aparato pita. No. . . dejamos a los compañeros de parranda con la palabra en la boca y salimos ‘desvolados’, como dice mi mamá que yo decía cuando era chiquita, a resolver el asunto.
Yo trabajo desde mi casa, o sea que teóricamente tengo ‘flexibilidad’. Por favor, necesito que alguien me explique el significado real del término, porque en mi caso significa hacer una torsión de cuerpo cada tres horas para librarme del entumecimiento que me ocasiona estar frente a una pantalla por más horas de las que el Código Laboral indica que debe durar una jornada de trabajo. Y, sí, puedo trabajar a cualquier hora, incluyendo noches y madrugadas si es que eso califica como flexibilidad.
Ya me quedé sin aire. En realidad la dichosa flexibilidad lo único que implica es que uno puede trabajar más porque nadie lo está correteando para que evacue la silla frente al escritorio, porque la persona que tiene la llave de la oficina se tiene que ir. Gracias a la flexibilidad uno acostumbra a los ojos a trabajar con una minilucecita que malamente ilumina el escritorio para no molestar al resto de las personas que duermen en el mismo cuarto, en mi caso llámese marido, o simplemente ‘a la luz de la pantalla’, de la computadora quiero decir, que gracias a Dios es como una luna llena con luz propia. Supongo que por eso es que ya no veo ni con anteojos.
En aquellas oficinas que no cierran se queda la gente muriéndose de frío hasta la madrugada, pues a medida que se van yendo cuerpos el aire empieza a botar cubitos de hielo. Recordemos que ahora está de moda el asunto de la autogestión. Traduzco: el trabajo se tiene que terminar aunque el día tenga que durar 48 horas. Pero bueno, así es el mundo moderno y no nos queda otra que acostumbrarnos a vivir cansados o irnos a vivir a una cueva y alimentarnos con grillos. |