Wangari Maathai
La mujer sin miedo
Ella es la premio Nobel de la Paz 2004 y acaba de publicar un libro de memorias que sobrepasa su propia historia para convertirse en una lección de constancia y valor.
Eva Aguilar
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Wangari Maathai dedicó el mes de septiembre a presentar su libro de memorias en Estados Unidos. Una de esas presentaciones la hizo frente a cientos de personas en Nueva York.
Cortesía de Craig Chesek/American Museum of Natural History |
Wangari Maathai es como la noche. Y por estrellas lleva una amplia sonrisa que muestra sin esfuerzo, y un vestido color verde brillante que nos recuerda su origen. A Maathai le gusta reír y tiene sentido del humor. La audiencia está cautivada.
Cientos de personas han ido a verla y a escucharla durante una velada que sus anfitriones del Museo de Historia Natural de Nueva York llamaron ‘Una noche con Wangari Maathai’. Pero está claro que estos neoyorquinos, probablemente ambientalistas y defensores ellos mismos de las causas justas, no están allí porque piensen que pueden aprender una nueva lección de ecología. Están allí porque consideran que Maathai es una fuente de inspiración. Y porque no todos los días se tiene la oportunidad de ver de cerca a la primera mujer africana –y la primera persona dedicada a proteger el medio ambiente– en recibir el Nobel de la Paz.
Nacida en Kenia hace 67 años, Wangari Maathai dedicó el mes de septiembre a promover en Estados Unidos Unbowed, su primer libro de memorias, y cuyo título, aún sin traducción oficial en español, hace referencia a la vida de esta mujer que ha sabido mantenerse en pie ante el desafío que representó llevar adelante un movimiento de reforestación de los bosques de su país, con el Gobierno en su contra y cuando todavía no existía una conciencia generalizada sobre las funestas consecuencias que acarrea la pérdida de los recursos naturales para los países pobres.
‘La gente no relacionaba la destrucción del bosque con su propia vida. Así es que empecé a hacer las conexiones y a animar a las mujeres a plantar árboles’, contó Maathai aquella noche.
Efectivamente, en 1977 fundó The Green Belt Movement, una organización formada y sostenida por mujeres que reciben una recompensa económica por cada árbol plantado que sobrevive. Treinta años después, los resultados son impresionantes: 40 millones de árboles plantados y miles de mujeres que, siguiendo una apropiada educación ambiental, han aprendido a combatir la pobreza mediante prácticas de desarrollo sostenible.
Por su trabajo y sus logros como líder de The Green Belt Movement, así como por su compromiso en la promoción de la democracia, la defensa de los derechos humanos y la conservación del ambiente, Wangari Maathai recibió el premio Nobel de la Paz en el año 2004. Y las memorias que ahora publica son una respuesta al interés que la historia de su vida despertó en todo el mundo tras el anuncio del premio.
Pero Unbowed (Anchor Books, 2007) es también la historia del país que ha visto convulsionar. Maathai nació y creció en una Kenia colonizada por los ingleses, y fue testigo de su independencia.
En el suceso de recuerdos que es el libro, la Nobel describe la profunda impresión que causó en ella el descubrimiento de las grandes extensiones selváticas africanas cuando aún era una niña. Sin embargo, la tierra de sus padres y abuelos ya había empezado a cambiar el día que la comunidad kikuyu celebró su nacimiento.
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La premio Nobel de la Paz 2004, Wangari Maathai, firma copias de ‘Unbowed’ al final de la presentación del libro en el Museo de Historia Natural de Nueva York.
Cortesía de Craig Chesek | American Museum of Natural History |
Para entonces, el café, el té y el eucalipto eran los cultivos importados por los europeos que estaban sustituyendo la vegetación autóctona y empobrecían el suelo.
‘Las especies exóticas crecen rápidamente, por eso a los granjeros les gusta’, explica Maathai.
Aunque no era costumbre enviar a las niñas al colegio, ella tuvo la suerte de recibir la misma educación que sus hermanos varones. Entonces el papel era demasiado caro, recuerda, y aprendió a escribir utilizando el pizarrón y una tiza.
Aquel fue el principio de la sólida formación que adquirió más tarde en universidades en Estados Unidos, Alemania y en Nairobi, donde finalmente se convirtió en la primera mujer en todo el centro y este de África en tener un doctorado.
La experiencia de estudiar en Estados Unidos en los años 60, dejó en Maathai una huella muy profunda. El movimiento de los derechos civiles, la presidencia de John F. Kennedy y la oportunidad de vivir en un país que para ella simboliza la diversidad y la influencia económica reforzaron su confianza y determinaron la forma en la que más tarde lucharía por llamar la atención sobre los problemas sociales y políticos en su país.
‘Tengo acento de Kansas’, dice en su inglés perfectamente aprendido y a punto de soltar una carcajada. Y para seguir con sus recuerdos de aquellos años, enseguida añade: ‘No fueron los rascacielos los que me maravillaron la primera vez que vine a Nueva York. Fueron las escaleras mecánicas’.
De hecho, Maathai cuenta en sus memorias que la primera vez que utilizó una de ellas, vio con horror cómo perdía un zapato mientras trataba de mantener el equilibrio. En ningún momento se le ocurrió que al lado había otra por la que podía bajar a rescatarlo.
Si bien Wangari Maathai defiende con todas sus fuerzas la educación formal como una forma de salir de la pobreza, también considera que esta no debe ser una vía para abandonar la tierra y las fuentes de trabajo que esta provee. Cuando la educación se convierte en un escape hacia el mundo regido por la tecnología, dice, se corre el peligro de volverse insensible ante la destrucción de los recursos.
Con un nivel de educación que ninguna mujer de su generación se hubiera atrevido a soñar, Maathai empezó a utilizar todos sus conocimientos y su energía para salvar a Kenia de la desertificación, la erosión y la escasez de agua que la pérdida de las especies vegetales nativas estaba provocando.
Empezó por pedir 15 millones de semillas a las autoridades ambientales de su país para iniciar la reforestación, hasta que éstas se negaron a ayudarla y se vio obligada a inventarse formas de conseguirlas. Mientras tanto, Maathai instauró un sistema de educación ambiental: las mujeres no sólo aprendían a plantar, sino que además se las aleccionaba sobre la relación de dependencia entre el hombre y el bosque.
‘Las mujeres fueron ganando mucha experiencia y confianza en sí mismas’, recuerda Maathai. ‘Por eso mucha gente me pregunta cómo, haciendo un trabajo tan loable, terminé por meterme en tantos problemas’.
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| La keniata Wangari Maathai, ganadora del Nobel de la Paz 2004, y el ministro de Estado para la Cooperación, Jean-Marie Bockel, a su llegada al Palacio del Elíseo, en París, Francia, el pasado 26 de octubre. EFE | Horacio Villalobos |
Maathai sufrió golpes y cárcel durante el gobierno autoritario de Daniel Arap Moi, acusada por activista y feminista, y porque su trabajo al frente de The Green Belt Movement era también una forma de denunciar la irresponsabilidad del gobierno de Kenia frente al problema medioambiental y al incremento de la pobreza que la pérdida de los recursos naturales provocaba.
Pero Maathai es una mujer que no teme, y las repetidas visitas a la cárcel la humillaron, pero no la detuvieron. ‘Crecí sin miedo. Mi madre me enseñó a confiar en mí misma’.
Sin miedo y con una capacidad ilimitada para el compromiso y la persistencia, Maathai es también ambiciosa. No se conforma con haber servido de inspiración a otros programas que siguen el ejemplo de The Green Belt Movement para restaurar las heridas selvas africanas y para educar a las comunidades en torno a la necesidad de conservar el medio ambiente. Tampoco con los múltiples reconocimientos que ha recibido en todo el mundo por parte de gobiernos y universidades, ni con haber servido como asesora en temas de medio ambiente en su país.
En la próxima década, Maathai quiere plantar mil millones de árboles en todo el mundo, con lo que contribuiría además a paliar las consecuencias del calentamiento global, una preocupación que también ha hecho suya porque está íntimamente relacionada con su trabajo.
Los árboles retienen dióxido de carbono y hoy un alto porcentaje de las emisiones de este gas de efecto invernadero proviene de la deforestación de grandes extensiones de bosque y selva.
Espacios naturales sanos son, desde su punto de vista, el alimento de toda sociedad equitativa y pacífica. Un objetivo al que Wangari Maathai ha apostado todas sus cartas, impulsada por una sencilla filosofía: cualquier cosa es posible, ‘el cielo es el límite’.
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