Publicado el viernes 2 de noviembre de 2007
  Edición No. 920
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POR LA SOMBRITA
El saludo a la bandera

Los adultos generalmente nos acordamos de la bandera el 4 de noviembre; los niños tienen que rendirle homenaje todos los lunes, así sea a la fuerza.

Roxana MuÑoz
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Ni idea de cómo será ahora, pero en mis tiempos los lunes era el día de saludar a la bandera.

Antes de empezar las clases, las maestras nos reunían a todos en el patio para cumplir con el deber cívico, lo que incluía cantar, con ganas, el Himno Nacional.

Patria querida, perdóname, pero me resultaba un fastidio llegar el primer día de la semana y pararme allí media hora. Era el día en que mi mamá mejor quería que comiéramos. Vivía angustiada pensando que nos íbamos a desmayar en la fila. Eso nunca pasó.

Si alguien se había ganado un reconocimiento, lo mencionaban en ese momento: premios de oratoria, menciones honoríficas en poesía, presentación de la reina del centavo o del maíz, convocatorias del concurso de dibujo de las ruinas de Panamá Viejo, premio al mural contra el tabaquismo, etc. etc.

También en ese momento quedaba en evidencia la jerarquía escolar: de un lado estaban los niñitos de kinder con delantal de cuadritos rosa y loncheras de Mickey, al otro extremo estaban los graduandos de sexto grado, los mayores, los que tenían que dar el ejemplo, con aires de superioridad, pero con ganas de hacer biombos con ligas.

El saludo tampoco era un paseo para los maestros. Tenían que asegurarse de que estuviéramos en orden de tamaño, de que no nos saliéramos de la fila, de que nos paráramos firmes, de que la fila fuera fila y no una culebra zigzagueando. El maestro de Educación Física se la pasaba dando silbatazos tratando de organizarnos. Era por gusto, jamás esas filas quedaban rectas y casi era imposible que todos, a la vez, estuviéramos callados.

Niños como éramos, siempre queríamos salirnos con la nuestra. Algunos no cantaban el himno y solo hacían la mímica con los labios, cosa que enfurecía a los maestros; otros más osados hasta le cambiaban la letra.

Si alguien llegaba tarde tenía que pasar la pena de quedarse afuera de la escuela, pero firme cantando y saludando la bandera; uno de los agentes de seguridad se encargaba de que así fuera.

Pero tengo mis buenos recuerdos de esos días. En una de esas recibí el certificado del doctor muelitas, gané el segundo lugar por la mejor sonrisa. Estaba en kinder y ya la fortuna me sonreía, y yo a ella con dientes muy bonitos. Lástima que eran los de leche, y cuando se me cayeron los otros no salieron igual.

No me imagino cómo sería ahora venir los lunes a trabajar y que nos pusieran en los pasillos a saludar la bandera y a cantar el himno, ¡suena a locura!

Sin embargo, ahora, cuando oigo un silbatazo cerca de una institución pública porque van a bajar la bandera y nadie se detiene, y nadie camina recto en señal de respeto, me da un poquito de nostalgia por esos lunes en filas calurosas y chuecas.


 
 
 
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