Publicado el viernes 23 de noviembre de 2007
  Edición No. 923
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DIARIO DE MAMA
Como las novenas de mis abuelas

Julieta de Diego de FÁbrega

Hay ciertas imágenes que a uno se le quedan grabadas en la mente hasta el fin de los tiempos. Una de ellas es la de mis abuelas sentadas en una mecedora –¡qué casualidad que ambas usaran el mismo tipo de silla para esta tarea!– rezando todas las mañanas.

En realidad el asunto de mis abuelas es único. Tuve tres. De las dos ‘verdaderas’ sólo conocí a una, pero la otra, aquella que murió cuando mi papá tenía tres años, siempre fue una presencia viva en casa. Se hablaba de lo bonita que era, de lo joven que había muerto y de lo desgarradora que había sido su partida. En su lugar, la tía Ángela, quien a los 106 años todavía está de cuerpo presente en este mundo y que tuvo a su cargo la crianza de mi papá.

Aclarado el asunto, prosigo. Tanto Mami Loli como tía Ángela incluían en su rutina mañanera una larga sesión de rezos. Se sentaban en la susodicha mecedora –siempre la misma– con una cajita llena de libritos y tarjetitas en el regazo y no se movían de allí hasta haber terminado de repasar hasta el último de los papelitos que allí habitaba.

En la cajita podía haber novenas, oraciones sueltas, estampitas que habían ido recogiendo en los entierros y, por supuesto, un rosario. Todo estaba viejito, muy manoseado y algunas oraciones malamente podían ser leídas por el ojo común, pero supongo que ellas se las sabían de memoria y sostener el texto era sólo un acto mecánico.

Siempre nos recordaban que estábamos en sus oraciones y eso nos daba un extraordinario sentido de seguridad pues, aún siendo adultos, teníamos la plena seguridad de que ellas tenían conexión directa con Dios.

Hace unos días estaba buscando un número de teléfono en mi celular. No lo encontré, pues a raíz de daños y pérdidas de los predecesores de mi aparato actual, el directorio no está totalmente actualizado. Automáticamente vinieron a mi mente aquellas libretitas de teléfono, que en ocasiones anteriores he mencionado en esta columna, viejas y destartaladas, pero con toda la información de vida que una persona puede necesitar.

Me pregunté cómo había podido ser tan descuidada como para perder primero una y luego la otra, pues, aunque sacarlas en público me daba un poquito de vergüenza por su estado obviamente deplorable, cada vez que necesité algo durante los casi 30 años que me acompañaron, allí estaba.

En ese momento concluí que lucían como las oraciones de mis abuelas. Las páginas más usadas ya desprendidas del lomo, las esquinas despelucadas y a veces inexistentes de tanto manoseo y muchos números se habían ‘borrado’ pues, como algún día fui organizada, los escribí con lápiz para evitar los tachones que surgen cuando las personas cambian de teléfono.

Creo que alguna vez incluso consideré colocar a su alrededor una liga para evitar que las diminutas paginitas volaran desperdigadas por toda mi cartera, un lugar inhóspito sin lugar a dudas, pero el miedo al qué dirán pudo más que mi instinto práctico.

En lo que a mis libretas de teléfono se refiere, aquello de que uno puede tener un desorden con orden era totalmente cierto. Cuando se fueron agotando las páginas de ciertas letras empecé a ocupar los espacios de las caras interiores de la cubierta, pero sabía perfectamente en cuál estaba el número del señor Illa, quien a veces me transporta chécheres o gente a la finca, y el del carnicero del mercado público de Penonomé, así como el número de mis tarjetas de crédito y las cédulas de mis hijos para cualquier emergencia.

Mi entrada a la modernidad de los medios electrónicos de almacenamiento de información ha sido lenta, y verdaderamente extraño aquellas libretitas que, aunque seguro eventualmente hubieran sido jubiladas, por lo menos hubiesen servido para que el día que dejara este mundo mis hijos pudieran hablar mal de mí.


 
 
 
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