| La vida contenta
Julieta de Diego de FÁbrega
Con Día de la Madre, Navidad y Año Nuevo a la vuelta de la esquina, vemos que el nivel de estrés de la ciudadanía aumenta por segundos. El sencillo almuerzo que tenía la abuelita cada año para celebrar las fiestas en que la familia comía arroz con pollo y helado en las copitas de fiesta, ha sido sustituido por unas producciones casi de magnitud cinematográfica.
Obviamente organizar estos eventos implica pasarse horas en la calle –después de terminada la jornada laboral– gastando más dinero de la cuenta y tratando de superar lo que hace la vecina. Las casas, porque no pueden llamarse hogares, terminan luciendo como vitrinas de Saks Fifth Avenue en las que los niños de a malas pueden caminar, no vaya a ser que rompan alguna de las piezas carísimas que hemos puesto sobre las mesas. Todo es intocable.
Los arbolitos los arman los decoradores –no se ofendan, les quedan divinos– pero los pelaítos que viven en esas casas jamás podrán compartir con sus hijos y nietos la experiencia de haber colgado en una rama chueca el adorno que hicieron cuando estaban en segundo grado. No combina.
Con este cúmulo de tareas es lógico que la paciencia se agote y terminemos por cerrar cada día de un humor de perros. No procede, amigos. La vida es para disfrutarla, no para vivirla como esclavos de la moda. ¿Tiene salud? Agradézcalo. ¿Tiene familia? Agradézcalo. ¿Tiene amigos y trabajo? Agradézcalo. Porque a fin de cuentas una cena de revista no puede sustituir ninguna de estas cosas.
Yo digo que en algún momento debemos poder atrevernos a decir no a las presiones sociales y simplemente empezar a disfrutar las fiestas con sencillez, porque más alegría nos dará comernos las galletas disparejas que hornearon nuestros hijos que las perfectas que compramos en la tienda de la esquina.
Cuando entramos en el ‘modo compras’ no tenemos tiempo ni de pensar si el checherero será apreciado por quienes lo reciben o si terminará archivado en algún rincón de alguna casa, mientras tanto panameño se la pasa contando los centavitos para ver si le alcanzan para la pailita de arroz.
Hablamos de compartir, pero nos olvidamos quiénes son los que más necesitan, y no logramos ni siquiera compartir el activo más valioso que tenemos: el tiempo. Ese lo reservamos para las largas filas en los almacenes, donde no están ni nuestros hijos ni nuestros padres ni nuestras amistades, sólo la caja registradora y una dependiente que cuenta los minutos para salir a hacer sus propias compras.
El presupuesto queda vuelto una ‘escofieta’, palabra que, según el Diccionario de la Real Academia se refiere a una especie de tocado que usaban las mujeres en la cabeza, pero que en el de mi papá significaba una soberana porquería, y la finanzas familiares no se balancearán hasta el mes de marzo del otro año, porque regalarle a papá una cajita de chicles de canela ya no es apropiado, aunque le gusten mucho.
Uno de los recuerdos más bellos que tengo de mi infancia era salir a la calle con algo así como con dos dólares en el bolsillo y comprar con ellos los regalos para mis seis hermanos, mi papá, mi mamá y mi abuela (que era mi madrina). Era irrelevante si cada cosa me costaba 15 centavos; el verdadero regalo era la tarea es escoger algo que verdaderamente disfrutaran. Para mí esos eran los días de la vida contenta, descomplicada y afable, y ver la cara de felicidad de quienes recibían mis regalos me hacía sentir más importante que una reina.
Llegar a mi casa bien sudada y más despelucada que el tío Cosa luego de haber corrinchado con mis primos por la casa de mi abuela en el jueguito de ropa nueva que me habían permitido estrenar el 25 de diciembre era una delicia. Nada que haya comprado en los últimos 10 años me ha causado una alegría comparable con la que sentía en las Navidades de mi infancia. Las de la vida contenta. |