Lo mejor para el último mes
A los panameños nos encantan las fiestas y también matar dos pájaros de una sola vez, o en un solo mes. En sus marcas, listos, fuera... Empezó la corredera de diciembre.
Roxana MuÑoz
Me pregunto, ¿podremos apretar una fiesta más en el calendario del último mes del año? De poder, se podría. Pero, ¿aguantarán nuestros bolsillos, nuestro estómago y nuestros ánimos? ¿Cuánto más décimo, ahorro de Navidad, antiácidos y cafeína nos harían falta para festejar algo más en diciembre?
En 31 días —nos salvamos de que no son nada más 30—, los panameños nos ingeniamos para celebrar, además de la llegada del Niño Dios y de un Año Nuevo, a los maestros y a las mamás, hacemos la primera comunión (los que somos católicos) y graduamos a los chicos del kinder, del primer ciclo y del bachillerato. Y aunque el niño no reciba ningún diploma, seguro participa en un intercambio de regalo escolar y/o fiesta de fin de curso.
Como los enredos que involucra lo anterior nos parece poco, también nos enfrascamos en pintar la casa y cambiar muebles para tener nuestro hogar impecable justo antes de las 12 campanadas del último día del mes.
No crean que no me gusta diciembre. Me encanta: qué rica esa brisita que anuncia el verano, qué bonito ese afán por decorar casas y comercios, qué bueno ese interés por regalar a los demás.
Me saca una sonrisa recibir las orgullosas fotos de graduación de los sobrinos y amigos, me encanta ese esfuerzo que hacen distintas organizaciones por llevar una fiestecita navideña a una comunidad apartada y, por supuesto, me encanta el aroma del jamón cuando se cocina en el horno.
Soy feliz en diciembre. Desde que tengo uso de razón me encanta este mes porque en mi casa sólo se compraban juguetes en Navidad, por eso creí en Santa Claus hasta una edad en que ahora sería vergonzosa. Y de adolescente adoraba esta época que significaba ¡al fin libres! y ¡bienvenido el verano!
A veces, por momentitos, me aturde diciembre: el no encontrar taxis, el que sea imposible andar por la calle, el que deba hacer filas enormes para envolver un regalo, el que tenga uno que romperse la cabeza porque le tocó como amigo secreto el jefe de computo que uno apenas conoce, el que la plata nunca alcance para todo lo que uno quisiera hacer.
Me aturde que se pase el mes volando, en correderas, y que no encuentre un momentito para detenerme a reflexionar en lo que de verdad importa: estar con la gente que quiero y agradecer esa suerte. El año pasado me vino ese pensamiento de golpe. Estuve horas y horas en un mall buscando un regalo ideal, y cuando miré el reloj me di cuenta de que debí invertir tales horas en estar con esa persona. Pero ni así dejé las compras. Seguí buscando ese obsequio perfecto.
Diciembre, bienvenido seas, me comprometo a invertir menos tiempo en el mall y más tiempo en mi gente. Por ahora ya estoy preparada para mi primera gran celebración y comilona del mes: la de mi dulce de cumpleaños.
|