| Cuando salí de La Habana. . .
Julieta de Diego de FÁbrega
No se equivoquen, ni soy cubana ni salí de La Habana, pero por años canté la famosa cancioncilla de aquel perrito chino del que supuestamente el cantante se despidió al abandonar la susodicha ciudad.
Ahora que soy grande me pregunto ¿Cómo hizo para venderlo si se había despedido de él? Pero bueno, las canciones de la infancia no se caracterizan por tener mucha lógica, son simplemente rimas pegajosas que uno repite como disco rayado.
El regreso de la canción a mi mente me hace recordar otros estribillos que la juventud de mi época solía cantar o repetir en los juegos. Decido ubicarlos en la internet y qué descubro, que mi versión es distinta al resto en casi todos los casos. Sólo "los zapatitos me aprietan y las medias me dan calor..." aparece con la misma letra que yo aprendí.
Ahora resulta, por ejemplo, que los cinco lobitos que tiene la loba detrás de la escoba tienen los nombres de los cinco dedos de la mano y yo jamás me enteré. Me quedé con los animalitos detrás de la escoba.
Ya sabía que aunque mi abuela me hubiera cantado "aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, los chiquitos comen queso y los grandes comen pan", había otras versiones. Para otras abuelas la rima iba "piden pan no les dan, piden queso les dan hueso", pero eso de que mi vieja ética, pelética, pelempempética sea en realidad una gallinita que quería casarse con un gallo con las mismas características y que sólo tuvieran cinco pollitos en lugar de siete hijos es verdaderamente inaudito.
Me desconcierta totalmente que mi tan amado "ato, ambó, materile, rile, rile, ro" aparezca con el nombre "Ambo, ato". ¿Qué es eso? ¿Quién ha dicho? No me parece que hasta el "materile" me lo cambien. Este descubrimiento me ha causado gran preocupación porque yo tenía planeado enseñar a mis nietos –cuando los tenga– si no a jugar lo mismo que yo –porque no creo que les interesaría– por lo menos sobre lo que jugaba yo, pero si ahora resulta que tengo todas las letras enredadas no sé cómo voy a resolver este lío.
Gracias a Dios la mar sigue estando salada, selede, silidi, solodo y suludu y un número ilimitado de elefantes se sigue balanceado sobre la tela de una araña. Algo permanece derecho. En realidad no es que pienso en estas canciones todos los días, de hecho tenía rato que no venían a mi mente, pero basta que alguien traiga el tema a colación para que me pase yo un buen par de semanas tratando de sacar de mi cerebro el reguero de tonaditas que alguna vez estuvieron en el cajón de arriba y no por ahí arrinconadas.
Se vuelve el asunto como un rescate del propio honor. No puedo creer que después de tantas tardes dándole a las mencionadas cancioncillas ahora sólo pueda recordar la primera estrofa de una, la última de otra y el pedacito del medio de la que yo decía que era mi favorita. O, que cuando pienso que la tengo completita, algún mogo de esos que se pasan poniendo cosas en la web me venga a cambiar lo que yo considero son recuerdos muy bien arraigados y, por supuesto, perfectos.
Luego de tanta investigación concluyo que le cantaré a mis nietos exactamente lo que me dé la regalada gana, tal y como se me venga a la mente. A fin de cuentas seré la abuela y su mundo será tan distinto al mío, que no les quedará más remedio que creer que el mío era como yo les cuente que era. ¿Sí o no?
Pretendo que juntos visitemos la fuente donde está aquel chorrito acalorado que le despinta las chapitas a las hormigas y a la vieja que relufrí, relufrá, va al bosque a recoger violetas. Ellos a lo mejor se aburrirán, pero yo me pegaré la divertida del siglo.
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