Publicado el viernes 07 de diciembre de 2007
  Edición No. 924
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POR LA SOMBRITA
Dos niños en el pesebre

Una de las tradiciones de diciembre entre los cristianos que mejor retrata nuestra capacidad de inventar y emparapetar es la puesta en casa del nacimiento navideño.

Roxana MuÑoz
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Hay dos tipos de nacimientos. Están aquellos con docenas de finísimas figuras de colección que merecen fotos en reportajes de periódico y televisión. Esos provocan la admiración y —para qué negarlo— la envidia de los vecinos.

Y están los que ponemos la mayoría. Esos incluyen: un San José que tiene el doble del tamaño de María, una oveja a la que 'Blackie' le mordió una patita, un espejito quebrado que hace las veces de río o pozo, hombrecitos de safari, granjeros y su cualquier jirafa o cebra.

En las casas donde hay niños chiquitos los nacimientos no se salvan de uno que otro carrito o soldadito; porque aunque se los prohíban, los muy traviesos terminan convirtiendo a Belén en otro espacio para jugar.

En mi casa siempre se ha puesto arbolito de plástico y pesebre. Tuvimos primero unas figuritas muy bonitas de la Santa Familia hasta que un día se perdió San José, ese año mamá solo pudo conseguir uno que parecía un gigante al lado de María. Otra Navidad se extravió el Niño Jesús, al siguiente, apareció y desde entonces tenemos dos niñitos porque nos parece una crueldad, muy poco digna del espíritu navideño, botar una figurita o dejarla guardada en la cajeta.

Antes, todos los años íbamos a la Avenida Central a comprar animales o muñequitos para engrosar nuestro nacimiento; a veces solo encontrábamos figuras de la selva o prehistóricas. Todas esas encontraron su hábitat en nuestro pesebre.

Llegó un momento, y no me explico por qué, en que tuvimos 15 puercos, puerquitos y puercotes, por supuesto de diferentes clases. Otro año hubo exceso de gallinas y patos.

Una Navidad compramos aserrín, lo pintamos de verde, pero fue la última vez porque llegó abril y todavía la alfombra soltaba ese afrecho necio. En otra ocasión conseguimos una paja tan densa que las figuras del nacimiento quedaban perdidas entre ella.

Una amiga me cuenta que en su casa ella y sus tres hermanos pequeños colocaban el pesebre. En la noche, cuando ellos se dormían, sus papás, cansados del trabajo y los oficios, debían reacomodar el nacimiento porque los niños lo habían dispuesto de tal manera que la vaca y el burro se atravesaban entre María y el Niño.

Cuando en una casa todos son adultos suele dar un poco de pereza montar el nacimiento (qué vergüenza, pero así es), ni les digo quitarlo. Y es que tener nacimiento da trabajo: hay que estar pendientes de levantar las figuras que se caen constantemente, de encender todas las noches los foquitos, verificar que no se quemen y también hay que ir adelantando a los Reyes Magos para que lleguen al pesebre a tiempo.

Ha llegado la hora. Estoy por sacar mi nacimiento de la cajeta, a ver qué figura se ha perdido este año y cuál aparecerá.


 
 
 
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