Publicado el Viernes 21 de diciembre de 2007
  Edición No. 927
| Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
Secciones  
Sólo para ellas
Sólo para ellos
Ventana abierta
Por la sombrita
Esta semana
Conversación
Finanzas
Belleza
Salud
Lista de Ellas
Diario de mamá
Moda
Evento
De la cocina
Horóscopo
Ediciones anteriores
Suplementos  
Martes Financiero
Pulso de la Nación
Recetario
AprendoWeb
DIARIO DE MAMA
El nombre del regaño

Julieta de Diego de FÁbrega

El asunto de los nombres de las personas siempre califica como tema de conversación. Puede ser debido a lo extraño de los mismos, como bien describió César Young Núñez en una columna publicada en Mosaico hace un tiempo, o simplemente porque a la gente le interesa saber las razones por las que empiezan y terminan la vida llamándose Pedro o Juan.

Algunos deben su nombre a un tío muy querido, a un abuelo, al Santo que le reza la familia o a la Virgen que mamá se la ofreció antes de nacer.

Sabemos también que los hispanoparlantes somos más dados a ponerle a los niños varios nombres que muchas veces resultan de la combinación de varios de los arriba mencionados o de uno ‘pagano’ con uno cristiano para que el cura acceda a bautizarlo.

Yo digo que el segundo nombre es el nombre del regaño, y creo que muchos estarán de acuerdo conmigo. Normalmente me llamo Julieta, de vez en cuando Julie, ¡ajo!, pero cuando hago una torta –y esto sucede desde que era niña– escucho retumbar ‘Julieta del Carmen...’ bien pronunciadito, a pesar de que sale un poquito entre dientes, cada sílaba separada de la siguiente y con los acentos anunciando el repelón.

Reconozco que siempre me asustó un poquito escuchar mis dos nombres en boca de mis padres, pero creo que quienes, además de sus nombres, recibieron un apodo, tiemblan aún más.

A una de mis hermanas, por ejemplo, siempre le hemos dicho Ati. ¿Se imaginan los escalofríos que debe haber sentido cuando se convertía en Carmen Cecilia?

A pesar del susto y de la tembladera, yo digo que esto de los dos nombres puede ser de gran utilidad. En primer lugar, por razones obvias, como que sirve para distinguirlo a uno de otras personas que llevan el mismo primer nombre. En mi familia hay cuatro Julietas, tres de las cuales son ‘del Carmen’, así que mi hija, que es Mercedes, no entró en la rifa de ‘apodos’ que usamos para distinguirnos.

Por otro lado, y volviendo a los regaños, es muy práctico saber que uno está en el banquillo de los acusados. Puede uno preparar la defensa mientras camina despacito hacia ‘la corte’, aunque muchas veces ni sabe qué le ha ganado el regaño, ya que es bien sabido que los mundos de los papás y de los hijos suelen ser diferentes, y una misma acción en uno puede ser buena y en el otro terrible.

La práctica de usar el nombre del regaño no se limita a las relaciones padres-hijos. No señor. Lo que uno aprende de niño generalmente se repite de adulto y en muchos casos escuchamos a una esposa usar el llamado de los dos nombres cuando quiere reclamarle algo a su marido.

Toda esta dinámica de la comunicación siempre me ha parecido muy divertida, porque si la analizamos un poquito encontraremos que existe una incongruencia básica en ella. Escogemos el famoso segundo nombre con mucho cariño –igual que escogemos el primero, porque yo realmente no puedo aceptar que un padre o una madre nombre a un hijo con maldad. A lo mejor lo seleccionamos porque suena bonito usado con el primero, porque, como ya dije antes, nos recuerda a una persona que queremos mucho, o quizás lo encontramos en un libro que nos impactó, ¿por qué entonces en un momentito lo convertimos en vehículo de acusación? Somos raros ¿verdad?

Si salgo de casa y me muevo a la escuela compruebo que existe una dinámica similar. En las escuelas unisex –que por cierto ya no existen– generalmente se usaba el apellido para llamar a los estudiantes en el caso de los hombres, y el nombre de pila en el caso de las mujeres, pero bastaba que uno tuviera un dos pelao en un examen para que el profesor lo llamara adelante usando nombre y apellido, facilitando así que todo el salón se enterara de que uno había fracasado.

Ven pues cómo lo que surge como necesidad de identificar a las personas se ha convertido en una poderosa herramienta para la transmisión de sentimientos. Muy creativa la raza humana.


 
 
 
Corporación La Prensa - Todos los Derechos Reservados 2007