La suerte de una salada
La sal es buena cuando se trata de agregarle sabor a la yuca sancochada o a las papas fritas; la salazón no la queremos en nuestras vidas, y menos en día de lotería.
Roxana MuÑoz
Crecí entre chingueros. Tantas rabias los vi coger con los juegos de azar que estoy inmunizada contra la lotería. Para mí no hay números feos ni bonitos. No descifro sueños y no pregunto qué jugó. ¡Qué salga letra!, como dicen los jugadores empedernidos cuando arrastran la manta. Mi familia cumplió la cuota que nos correspondía con el ánfora de la fortuna y sus obras de beneficencia. Ésta que está aquí pasa de largo.
Muchos domingos escuchaba a los adultos decirnos: ‘no estén peleando’, ‘no digan palabras sucias’, no fuera que les saláramos el día.
Algunos vecinos pensaban que encontrarse antes del sorteo con alguien que les mirara de mala manera los salaba instantáneamente. Eso sí los encachimbaba.
En la escuela también hablábamos de salados, como aquel que siempre debía decir la charla primero o aquella generación que le tocó graduarse en 1989, el año de la invasión (aunque quienes iban mal dijeron ser afortunados por poder pasar de año con tres bimestres).
Ahora como adulta me incluyo entre los que están salados para las tómbolas y sorteos. Nunca gano. Gano cuando no estoy para reclamar el premio y lo vuelven a rifar o cuando no quiero ganar. Una vez accedí a acompañar a un colega periodista a un evento muy elegante de una asociación benéfica, ‘solo un ratito ¡eh!’, al llegar nos pidieron inscribirnos en una tómbola. Yo que ni tan elegante estaba, y bastante colada me veía, menos quería llamar la atención. Por insistencia de la anfitriona accedí a poner mi nombre en un papelito. Ya imaginarán quién tuvo que pasar adelante bajo los reflectores a recoger la codiciada canasta llena de productos mientras los invitados se preguntaban: ‘¿y ésta de dónde salió?’. Para mí eso es estar salada.
Si en un mismo día el desayuno nos cae mal, el banco no recibe nuestro pago, el importante archivo se borra de la computadora, y antes de llegar a casa la suela de nuestro zapato se despega, lo atribuimos a la salazón.
Cuando el día pinta así nos entran ganas de correr hacia la primera playa cercana (no contaminada) para remojar nuestras penas. Según la sabiduría popular, la sal de mar quita la mala suerte.
Siempre que un año está por dar su último coletazo, pienso en la suerte y en la sal. Me acuerdo de que los chingueros que conocí solo creían en la buena estrella cuando se trataba de juegos de azar. Nunca me permitieron mirar la millonaria para saber si el examen escolar venía duro; no me dejaban estudiar solo la mitad del capítulo y cruzar los dedos para que la profesora preguntara solo esa parte. Mi buena suerte, tenían razón, me la daba el estudiar.
Aún con lo que no puedo controlar me pasan más cosas buenas que malas: estoy sana, me ilusiona mi trabajo, mi mamá está viva, me alcanza para comprarme un barquillo cualquier día de la semana, mis amigos aun me soportan. . .
Si este fin de semana vuelvo a perder la tarjeta Clave y me cae un chaparrón de agua después de hacerme el blower, ojalá no le eche pestes a mi buena estrella solo porque sus puntas están saladas.
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