Publicado el Viernes 04 de enero de 2008
  Edición No. 929
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Hago pan, tiene sentido

Julieta de Diego de FÁbrega

Esto de escribir a veces se puede convertir en un problema existencial. Cuando se quiere hacer bien, uno se vuelve asiduo visitante del sitio web del DRAE, que es mucho más fácil de usar que los libracos que teníamos antes sobre el escritorio y, por otra parte, los horrores que la gente dice empiezan a molestar el oído como los sonidos rechinantes del rock ácido.

Lo anterior no significa que uno sepa todo lo que a ortografía y gramática se refiere, simplemente que está dispuesto a buscar y a preguntar hasta encontrar la forma correcta de decir algo. Lo que me lleva a pensar que las personas que diariamente se sientan detrás de un micrófono o frente a una página en blanco a ‘comunicar’ deberían poder hacer lo mismo.

Les comento que hasta hace poco, cuando escuchaba a alguien decir una barrabasada me quedaba calladita –con mi tripa alborotada, sí, pero calladita–, pero últimamente no me puedo contener y voy corrigiendo in situ como solía hacer mi profesora de español en la escuela.

Yo digo que esta manía puede caer un poco pesadita pero, por otro lado, no veo otra forma de cooperar a que la lengua resista un par de años más sin perder del todo su dignidad. Por mucho tiempo la frase que más me molestó en la bolita del mundo amén fue ‘más, sin embargo’ sobre la cual ya en una ocasión conversé con ustedes, pero recientemente ‘hacer sentido’ le ha quitado el puesto para colocarse en el primer lugar.

Esta mala traducción del inglés ‘to make sense’ se ha vuelto muy popular. Entonces, las leyes ‘no hacen sentido’, una acción ‘hace todo el sentido del mundo’ o eso que dijiste ‘no hace sentido’.

Amigos, hacemos pan, hacemos viajes, hacemos locuras, pero las cosas tienen o no sentido. Yo, por ejemplo, reconozco que a veces lo que escribo no tiene sentido –lo cual generalmente sucede cuando amanezco con la cabeza hecha un macarrón– pero no porque mis textos sean una mezcolanza de ideas tengo derecho a escribir mal.

Peleándose el primer lugar con ‘hacer sentido’ –que hasta suena feo– me encuentro con ‘accesar’, otro verbito que hasta mi máquina sabe que no existe y que ha tratado cuatro veces de convertir en acceder sin que yo se lo permita. ¡Qué lucha esto de que las máquinas quieran ser más inteligentes que uno!

Está bien que aspiremos a que en Panamá todo el mundo sea bilingüe, nos conviene porque hay un millón de call centers buscando gente que hable inglés, pero bilingüe quiere decir que una persona habla dos lenguas, no que las combina en una sola como solemos hacer muchas veces. Y que el panameño común ande por el mundo confundido podría perdonarse, pero que los comunicadores sociales se atrevan a escribir un párrafo en el que ninguna palabra tiene tilde y ningún sujeto concuerda ni en género ni en número con su predicado es imperdonable.

Para todo hay una razón: cuando se comen el signo de admiración que debe abrir una frase arguyen que es por ‘licencia creativa’ –no entiendo muy bien qué es lo que están creando– pero eso es lo que dicen; para comerse las dichosas tildes escriben los textos en mayúscula cerrada porque alguna vez hace un millón de años supuestamente había una regla que indicaba que las mayúsculas no se tildaban, aunque en realidad la famosa regla no era más que una leyenda urbana producto de la incapacidad de las viejas máquinas de escribir de poner rayitas sobre las mayúsculas. Como ya sabemos, las computadoras son inteligentísimas y todos los programas de procesamiento permiten que las mayúsculas se tilden como debe ser.

Y hablando de la inteligencia de las máquinas, hasta el programita más runchito es capaz de subrayar en rojo las palabras que están mal escritas y en verde las frases que no tienen sentido o, como dirían muchos de mis compatriotas: ‘que no hacen sentido’.


 
 
 
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