Publicado el Viernes 04 de enero de 2008
  Edición No. 929
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POR LA SOMBRITA
Un duro de 'culei'

Para refrescar el calor del verano, recargar las energías y seguir el corrinche bajo el sol, nada mejor que una golosina congelada.

Roxana MuÑoz
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Tengo rato que no pruebo un duro. Lo recordé cuando hace unas semanas me topé en la calle con un busito escolar en donde todos los ocupantes succionaban el dulce refresco congelado. Uno lo tenía envuelto en un pañuelo, otro ya llevaba la camisa chorreada y atrás iba un chiquitín que se había comido medio cartucho. No pude ver más porque el busito arrancó.

Mi primer recuerdo de los duros es, por supuesto, de la escuela. Cada recreo los niños de Sara Sotillo se iban a la parte de atrás del colegio a comprar unos duros de ‘culei’ (Kool Aid ) que la vecina vendía a través de un hueco en el muro que separaba la escuela del resto de Puente del Rey.

Cómo luchó la directora del plantel para que los niños no estuvieran todos los recreo embarrándose la boca, las manos, y lo peor, la camisa blanca, de rojo. No hubo forma, la venta de duros fue un éxito por muchos años y para nosotros el saber que a los maestros no les gustaba los hacía más ricos.

En El Arenal de San Carlos comíamos los duros de la señora Carmen. Había que caminar unos 500 metros desde la casa de los abuelos y subir una loma casi siempre bajo sol pelao. Valía la pena.

Mi favorito era el de coco. Me encantaba sacar del vaso el duro, ponerlo de revés y comerlo así empezando por el dulce afrechito de coco.

Qué rico era sacarle el jugo a ese dulce frío cuando el sol estaba que picaba y nos habíamos pasado todo el día corriendo con los pies cenizos.

Todavía veo en los barrios letreros de cartón que anuncian se ‘Se vende duros’. Los niños de hoy no lo saben, pero antes esta golosina se vendía en vasos de cartón, luego vino la moda de ponerlos en una bolsita y así se ha seguido comerciando porque es más barato.

En mi casa, durante uno o dos años, mi mamá hizo duros para vender. A real y a 10 centavos. Los preparaba de papaya, de nance, de coco, al que le ponía nuez moscada; de arroz con leche, e inventó hacer de guineo. Aun recuerdo a los niños que llegaban gritando: ¡un duro de guineo!

Lo malo es que ese negocio es esclavizante. Se trabaja a deshoras. A las 7:00 a. m. viene alguien pidiendo duro y también a las 9:00 p. m. Los niños y también los mamullones golpeaban la reja con el realito provocando un escándalo. Mi mamá vivía mortificada por siempre disponer del producto en la nevera. Detestaba tener que decir: ‘Los duros están aguados’. Aunque algunos niños decían ‘démelo así mismo’. Nos iba bastante bien y eso que no teníamos cerca una escuela, factor que cómo ayuda a cualquier venta de burundangas.

Nunca me hastié de los duros, a pesar de que mi mamá siempre nos daba a probar —control de calidad, ahora sé que se llama— y a que bastantes me comí cuando no me veía ella (mamá, perdona si dañé el negocio).

Cuando paso por un barrio y veo a los niños manejando bicicleta mientras en la boca llevan su dulce presa congelada, me dan ganas de preguntarles dónde los venden.


 
 
 
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