Publicado el Viernes 18 de enero de 2008
  Edición No. 931
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DIARIO DE MAMA
Veinticuatro añitos

Julieta de Diego de FÁbrega

Hay cosas que generalmente causan que las mujeres pierdan la dulzura del carácter. Una es que el marido se tome una tanda de tragos en cualquier fiesta y se empiece comportar como un idiota; otra es que olvide que en este preciso día hace equis cantidad de años uno vino al mundo y, por supuesto, otra es que olvide el aniversario de la fecha en que se unió a uno ‘hasta que la muerte los separe’.

Sin embargo, toda regla tiene su excepción y ésta generalmente implica que a uno también se le olvide la fecha en cuestión o haga un espectáculo similar en cuyo caso al marido le toca tomarlo con filosofía.

En general, cuando de mujeres se trata –tenemos que aceptarlo- para los hombres siempre la calavera es ñata. Todo este cuento es para decirles que el domingo 6 de enero cumplí 24 añitos de estar compartiendo mi vida con el mismo hombre y se me olvidó.

Es más, no sólo se me olvidó, sino que pasé la mayor parte del día bien enfurruñada con él pues –ni me acuerdo por qué– creo que le pregunté algo y me contestó con un tonito y ya. Lo bueno de todo esto es que ese día él también desayunó café con Liquid Paper, así es que ni se le pasó por la cocotera que era un día importante y me dejó cocinarme en mi rabia solita.

Sin embargo, todo en esta vida tiene solución. Ayer, sacando cuentas de por qué día del mes andábamos, mencioné la fecha y me acordé que había olvidado el aniversario... suena a incongruencia esta frase, pero así fue.

Rapidito me senté en la computadora y le mandé un correo –muy mansito por cierto– aceptando la culpa que compartimos al respecto. Él, como no tiene un pelo de tonto, llegó a casa en la noche con una planta hermosa y una caja de chocolates, que mi cintura no necesita, pero mi falta de fuerza de voluntad ha ocasionado que haya ido desapareciendo a una velocidad vertiginosa, el contenido, no la caja.

Hago un resumen mental de estos 24 años y concluyo que algo hemos conseguido a través del calendario: ya por lo menos podemos reírnos de lo que hace 20 años hubiera sido una catástrofe matrimonial. Y es que siempre que pienso en mi matrimonio llego al mismo lugar, un sitio cómodo y divertido.

Yo digo que es bueno que dos personas envejezcan juntas –digo, todavía no somos ancianos, pero allá llegaremos– porque se viven las mismas cosas casi en simultáneo. Que si yo me desvelo, él también; que si ya no aguanto tres parrandas seguidas, él tampoco; que si todo se me olvida, gracias Dios mío, a él también. Y seguro en cualquier momento ambos empezaremos a padecer de esa sordera selectiva que tanto ayuda a filtrar la información que uno prefiere ni saber.

Lo malo –porque todo tiene su lado malo– es que pronto en mi casa no va a haber quien cierre la puerta, yo en Bosnia y él en Marte es una combinación fatal. Pero qué más da, para eso tenemos un montón de chiquillos que esperamos estén dispuestos a cuidarnos cuando la edad así lo amerite.

Por lo pronto, anotaré en mi calendario de Outlook mi aniversario de 2009, porque como es una cifra terminada en cinco –yo digo que los bloques de tiempo más importantes son aquellos que terminan en cero o cinco– sería un crimen que la dejara pasar ‘entrompada’ como este año. Mínimo una fiestecita será de rigor, porque a pesar de los dolorcitos propios de la edad, una buena bailada siempre nos anima el espíritu. Y de ahora en adelante quién sabe cuántas más podremos hacer sin desarmarnos.

Por cualquier cosa, ustedes, los organizados entre mis lectores, pueden mandarme un correo cuando vean que se va acercando la fecha, no vaya a ser que de aquí a allá mi máquina se ‘desconchinfle’ y vuelva a quedar malísimo.


 
 
 
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