Publicado el Viernes 18 de enero de 2008
  Edición No. 931
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POR LA SOMBRITA
Tarzán en mi celular

Uno de los pasatiempos que nos permite la tecnología, para bien y para mal, es el de incluir todo tipo de gritos, risas macabras, canto de gallos y sibidos en nuestros teléfonos móviles.

Roxana MuÑoz
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Hace unos días llegó un pollito a mi oficina. No se vuelva un ocho en su mente preguntándose cómo un animal del monte llega a un ambiente de computadoras, aire acondicionado y gente estresada. Cosas que pasan.

El asunto es que, contrario a nuestros deseos, el pollito no tenía ningún interés en pasar de incógnito; él decidió hacerse notar, y tan pronto como llegó en su cajeta de cartón con

alfombra de periódico, empezó a piar. Pío, pío, pío, pío, pío. . . Nuestros ‘shissss’ y ‘cállate pollito, por favor’ le importaron un pepino.

Dos o tres personas que pasaron por allí y escucharon el pío dijeron: ¿ese es un teléfono celular? ¡Qué tono de celular tan original! Poco les faltó decir: ¡Yo quiero uno así!

¿Pueden creerlo? A tal punto hemos llegado, que ahora cuando escuchamos un sonido extraño como un niño llorando en una reunión de ejecutivos, el grito de Tarzán en la fila de un banco, un silbido en una misa, el canto de un gallo en un supermercado o un gooool en la universidad, ya no lo atribuimos a espíritus chocarreros, a la goma o a un principio de esquizofrenia, sino a los dichosos tonos de celulares que cada día están más salidos del tiesto.

Una amiga tiene grabada la risa de su sobrinita de tres años; un compañero, una saloma; un vecino, el ladrido de su perro; una conocida la canción de El Chavo del Ocho.

Por allí he escuchado ‘La muñeca que pasea’, el acordeón de Ulpiano Vergara, un timbre de recreo y el cuernófono de los Picapiedra.

Todos esos sonidos los puede conseguir en la internet, aunque, si quiere, puede convertir los ruidos de su perico en un tono y programar su equipo para que grazne cada vez que lo llama su suegra.

Como los teléfonos nos permiten poner un tono distinto para cada llamada que recibamos, podemos darnos gusto con el relajito.

A mí me parece que se nos está pasando la mano y por eso nos llevamos nuestros chascos. Recuerdo haber estado en una reunión muy seria de trabajo, hablando de un asunto muy peliagudo, y de pronto ‘¡Oiiiiiiga morena, yo quiero saber por qué no le gusto!’. Todos nos hemos reído, menos el dueño de semejante alharaca.

Hay momentos para todo. Ante los amigos queremos ser los más chéveres y graciosos, pero si estamos en una entrevista de trabajo, dictando una charla o cerrando una venta con un cliente, lo último que nos hace falta es que nuestro celular se salga con: 'Kikiriquiiii'. Aunque la culpa no es del teléfono, sino de nuestras invenciones.

Y también hay que pensar en los que van a oír esos timbres, la primera vez es gracioso, pero varias veces al día, no. Hay gente que tiene la mala costumbre de dejar —a todo volumen— su celular abandonado mientras lo llaman una y otra vez. Nunca he entendido por qué hay quienes llaman, no les contestan, y siguen llamando una y otra vez.

Hace poco mi hermano consiguió la risa fantasmagórica que suena al final del video de Thriller de

Michael Jackson. Me la envió al teléfono mediante bluetooth. Estoy tentada a usar ese sonido, pero ¿quién me dice que no me dejará en feo justo en algún momento clave en el que necesito pretender ser una mujer seria?


 
 
 
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