| El desayuno, un arte en peligro de extinción
Julieta de Diego de FÁbrega
Cuando era niña, desayunar era obligación, y como en mi casa vivían siete muchachos, para facilitar el asunto, cada día de la semana tenía un plato previamente asignado. De acuerdo al mismo un día se tomaba avena, otro día comíamos huevo revuelto y quizás, si nos portábamos bien nos daban Wheaties –porque hasta los cereales para desayuno tenían que ser ‘nutritivos’–. Por supuesto que cada una de las comidas debía venir acompañada con el democrático vaso de leche que también era obligación beber hasta la última gota.
Y cuando hablo de cada comida, me refiero, en este caso, a desayuno, almuerzo y cena. Teóricamente debo tener los huesos más duros del mundo.
Por supuesto que en mi casa no había grandes formalidades a la hora del desayuno. A uno simplemente le ponían el plato enfrente y a volar porque llegaba el bus del colegio. En casa de mi abuela, por otro lado, la cosa era diferente. Allí el desayuno era todo un evento. Elegantísimo por cierto.
Hay dos cosas que no he podido olvidar de los desayunos en casa de Mami Loli: la media toronja y los huevos pasados por agua. Y digo que no he podido olvidar porque para servirlos se requería de un conjunto de ceremonias. Las toronjas se partían por la mitad. Luego, con un aparatito especial se les sacaba el corazón y con él, todas las semillas. Luego con un cuchillito especial que era ligeramente curvo se separaban los gajos de la cáscara pasando el cuchillo alrededor y, por último, se pasaba pegadito a la película que divide los gajos para separar la pulpa.
Estas medias toronjas llegaban a la mesa en un platito como de ensalada, y si la toronja estaba muy ácida nos permitían rociarle un poquito de azúcar por encima. El mayor problema surgía cuando ya estábamos a punto de terminar y veíamos que en el fondo todavía quedaba una buena porción de juguito bien endulzado. Lo propio era apretar un poquito la toronja, verter el jugo en la cucharita y tomarlo a plazos, pero los chiquillos siempre preferíamos apretar la toronja directamente sobre la boca, lo que nos ganaba un buen regaño.
Los huevos pasados por agua también se comían con frecuencia y podían aparecer después de la toronja, porque, al igual que el almuerzo y la cena, el desayuno tenía varios platos y cada uno se servía con su propia ceremonia.
En mi mente revolotea el concepto de que estos huevos debían cocinarse por un tiempo determinado, dependiendo del comensal, para lo cual se usaba un relojito de arena. Tres minutos es el tiempo que escucho. Y muchas veces oí a mis abuelos preguntar a la cocinera ‘¿estás segura de que lo cocinaste por tres minutos?’. Aunque en aquellos días la pregunta me sonaba un poco pretenciosa, hoy entiendo que es fácil notar cuando un huevo no está cocinado al término deseado.
Estos huevitos llegaban a la mesa colocados en una especie de copita con pata diseñada especialmente para este fin, con la punta ligeramente rajada para que fuera más fácil abrirlo, echarle sal y proceder a comerlo. Pero ni crean que se comían con cualquier instrumento, no señor, había que comérselos con unas cucharitas de concha nácar porque según mi abuela el huevo manchaba los cubiertos. Confirmo en Google que tenía razón, pero sólo si el huevo se deja en el cubierto por mucho tiempo.
Tengo que confesar que en mi casa –hoy llena de adultos con diferentes horarios– el desayuno es una ceremonia fugaz que cada quien realiza de acuerdo a sus necesidades laborales. Mi marido se toma un jugo con una tanda de vitaminas, mis hijos generalmente resuelven con un sándwich de queso y yo me tomo mi ‘bacinilla’ de café frente a la computadora; sin embargo, no puedo negar que cada vez que veo una toronja siento el deseo incontrolable de ‘tallarla’ como hacían en casa de mi abuela. |