Las verdaderas vacaciones
Ese merecido mes de descanso provoca en los trabajadores ilusionantes imágenes de oasis, playas y hamacas. Lástima que las necesidades de la vida real nos alejen de esa fantasía.
Roxana MuÑoz
Tengo ocho años imaginando estas vacaciones: Yo en un crucero por el Caribe, tendida en una silla de playa con un daiquirí de mango en una mano, luciendo un vestido de baño precioso, mientras el sol me dora la piel y mi única preocupación es qué voy a comer en el bufé.
Pasan los meses y cuando me doy cuenta de que no tendré los miles disponibles para tal viaje, bajo mis expectativas: Quizás pueda usar mis ahorritos para irme a Cancún. Mejor aprovecho para hacer turismo interno en Coiba o en el Parque Nacional La Amistad. Una semana antes de las vacaciones ya estoy pensando: ¿Será que la Panchita me recibe en su finca de Capira?
Al final, si acaso, hago un paseíto, pero mis vacaciones terminan por ser una sombra de eso que soñé durante todo el año, y esto demuestra que hasta para pasarla bien uno tiene que poner de su parte y organizarse.
Generalmente cuando ya estoy a punto de disfrutar de esos días libres, me doy cuenta de que he pasado todo el año posponiendo la cita al dentista, que tengo que hacer una averiguación en el Ministerio de Economía y Finanzas, debo ir a buscar unos zapatos que mandé a reparar hace rato, urge arreglar la lavadora y las baldosas del baño se están rompiendo.
La agenda de la primera semana de descanso queda llena de mandados, que para rematar no se pueden resolver en un dos por tres: el técnico de la lavadora me deja plantada; el trámite en el MEF solo se hace hasta cierta hora y yo llegué después; el dentista me dice que necesito hacerme más calzas.
Cuando más o menos he emparapetado mis asuntos, me dispongo a aprovechar el tiempo que me queda para ir al cine en la tarde, visitar los museos del país, caminar por Las Bóvedas o por el Causeway. Pero entonces, no sé cómo, el tiempo no me alcanza, y tampoco es cierto que voy a pasármela corriendo de un lado para otro, menos en vacaciones.
Los familiares y amigos aprovechan que uno está sin oficio para solicitar uno que otro favorcito: llevar hojas de anamú a la tía que vive en San Miguelito o comprar en Salsipuedes unas cutarritas para el sobrinito. Por otra parte, todos los años tengo el mismo dilema. Si tomo dos semanas de vacaciones, después me quejo de que 15 días son muy poquitos, se pasan muy rápido, que cuando ya le iba agarrando el gustito al descanso toca regresar.
Por otro lado, si tomó el mes entero para verdaderamente descansar, me pesa el hecho de tener que esperar 11 meses completos para volver a saber lo que son vacaciones, eso sin mencionar que generalmente la última semana de vacaciones estoy aburrida en casa y sin un real.
De todos modos, ver que otros se van de vacaciones despierta envidia de la buena. No importa que cuando uno retorna a sus labores habituales, sin dinero, toca esperar una quincena entera para recibir salario otra vez.
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