| Las cosas que jamás entenderé
Julieta de Diego de FÁbrega
Cuando se empieza a tener uso de razón, uno de los primeros ejercicios que se hace con el recién descubierto cerebro es tratar de descifrar algunos de los misterios que nos rodean, entre esos, las dinámicas de convivir en familia, cómo quedar bien con los maestros en la escuela y el camino más corto hasta los dulces que mamá trajo del supermercado.
A medida que transcurre la vida uno se anima a elucubrar sobre asuntos más profundos, como, digamos, las relaciones amorosas, la selección de una profesión, y por esa misma onda, los miércoles de luna del jefe.
En resumen, podríamos decir que la vida se compone de una serie de interrogantes a las que debemos buscar respuesta. Sin embargo, sería agotador tratar de resolver o entender cómo funciona absolutamente todo lo que nos rodea, y por eso, a cierta edad, hay que ponerse selectivo.
En mi caso particular hay cosas que he decidido que jamás voy a entender y no pretendo gastar las cada vez más escasas energías que tengo, pensando en ellas. Por ejemplo, cuando voy al cine a ver películas en inglés en que supuestamente los protagonistas son de habla hispana –en la película– todos hablan con un acentito. ¿Cómo así? Los diálogos están en inglés. ¿Qué diferencia hará que los artistas se pasen horas practicando para hablar con el dichoso acento si de todas maneras nos ponen los subtítulos en español? Supongo que en algún momento a algún genio de Hollywood se le habrá ocurrido que esto era apropiado y el resto simplemente lo imitó.
Por otro lado están las barajas, o quizás debería decir los juegos de barajas. Póquer, Canasta, Tatuca, Romy, Bridge... en fin, hay miles y yo no entiendo ninguno. Y no es porque las personas a mi alrededor no hayan tratado de explicarme; es porque simplemente el hecho de pasarme horas con un reguero de cartoncitos en la mano tratando de hacer que se conviertan en pares, escaleras o una combinación de varias cosas no me divierte para nada. Sucede pues que ‘los profesores’ tratan, pero yo no avanzo.
En primer lugar me distraigo, no pongo atención, o sea que generalmente no sé qué se supone que debo estar haciendo. Por otro lado, me aburro y supongo que esto debe ser consecuencia directa de la falta de concentración. Lo que sí es cierto es que quienes son competitivos –hasta para la diversión– deben matar por jugar conmigo porque siempre, todas las veces, me pueden ganar.
Y por último, llegó al pasatiempo favorito de mi esposo: ver juegos de fútbol americano en la televisión. Puede pasarse días enteros pegado a la pantalla sin enterarse de que el mundo a su alrededor está llegando a su fin. Y él no es el único, generalmente para los hombres ver a un grupo de sus congéneres aporreándose por horas resulta muy divertido.
El pobre Toño ha tratado de explicarme un millón de veces cómo funciona la cosa. Que si el equipo equis tiene que avanzar tantas yardas en tantas vueltas, por qué el árbitro lanzó al aire un pedacito de tela –que, dicho sea de paso, hizo que Toño se pusiera muy triste–, por qué el mariscal de campo (tampoco entiendo esa traducción de quarterback, pero me callo) es un tonto, o por qué quiere que pierda tal o cual equipo a fin de que el ‘récord’ de cualquier otro no se arruine. Sigo sin entender.
Ahora bien, a través de los años he aprendido que lo único que me divierte de acompañarlo a ver estos partidos es observar el movimiento en la sala, es decir, anotar en mi cabeza qué hacen los espectadores, que puede ir desde llorar en una esquina hasta lanzar por el aire al más liviano de los presentes, pasando por gritarle a los jugadores, que están a cientos de millas de distancia, qué es exactamente lo que deben hacer, porque no hay espectador que no sea un coach maravilloso. |