Si me mojas, vas a ver
Vienen los mejores cuatro días del año para muchos panameños, mientras otros se convertirán en fugitivos del agua con añil y de la tiradera de huevos.
Roxana MuÑoz
Llegaron los carnavales y no hice lo que me prometí el año pasado: confeccionar una camiseta con letras grandes que anunciaran: ‘Si me mojas, vas a ver’. Por supuesto no sería una prenda con flecos ni ombligo afuera y — no hay que llamarse a engaños— tampoco evitaría que me empaparan de pies a cabeza. Es más, creo que para algunos resultaría tan provocativa como aquellas que rezaban ‘atrápame gorila’, puestas de moda algunos carnavales atrás y de las que todavía quedan ejemplares.
Estos cuatro días de fiesta son lo más grande, lo más esperado, la única razón de vivir para los rumberos, pero para los que no, suponen quedarse encerrados, porque toda la ciudad está trancada, o andar en el barrio con cuidado porque no sabes de dónde va a salir alguien con un balde de agua, una vasija plástica de helado o una manguera de jardín para mojarte.
Claro que yo fui niña, y también jugué a la mojadera en el interior con los primitos. Los abuelitos nos obligaban a bajar y subir tremenda loma para cargar agua desde la quebrada, no podíamos usar el agua de la pluma y nos decían: ‘cuidadito con mojar al que no está en el relajo’. Hacíamos valer la regla de que las niñas solo podían mojar a los niños y viceversa.
Pero ahora nadie respeta, y los niños traviesos que viven, sobre todo, en las barriadas de las afueras de la ciudad, mojan a todos los vecinitos que pasan para la tienda, mojan a los trabajadores que se ven en la necesidad de ganarse el pan durante esos cuatro días, y hasta le meten un susto de agua a la abuelita que viene con un cartuchito en la mano, sofocada y con un emplasto de hojas de salvia en el pecho.
Si la persona logra llegar sana y seca hasta la parada de autobús, todavía no puede cantar victoria, porque a lo largo de la vía principal del barrio hay apostados niños —y otros no tan niños, pero sí inmaduros— que se dedican a echarle agua a los autobuses, un delito cuasi de lesa humanidad. ¿No se dan cuenta de que los ‘diablos rojos’ no tienen aire acondicionado? ¿No se dan cuenta de que eso significa que todo el mundo debe llevar las ventanas arriba, asándose en pleno mes de febrero?
Ya se dieron cuenta de que no soy de carnavalear. La única vez que recuerdo estar en unos carnavales fue en Capira; me empujaron, me machacaron un dedo, me echaron confeti directamente a los ojos (pensé que me iba a quedar ciega) y mientras intentaba sacarme ese menudillo de papel de la vista, me mojaron con añil. Eso me pasó por andar en ese revulú, así que no he ido más.
Y no es que soy de mantequilla, que nadie me puede tocar. Yo sé lo que es empujarse y darse de codazos en una piquera para subir al último bus de Torrijos-Carter a la vista a las 6:30 a. m. , pero eso lo hice por necesidad, me niego a pasar por una experiencia similar y llamarla diversión.
Hay gente para todo, y que no me guste no quiere decir que sea malo. Cada quien tiene derecho a disfrutar la fiesta a su gusto, pero ¿sería mucho pedirles que exijan ¡agua, agua! sin molestar demasiado a los demás?
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