Publicado el Viernes 22 de febrero de 2008
  Edición No. 936
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DIARIO DE MAMA
La almohada de plumas

Julieta de Diego de FÁbrega

Cuando era niña el asma y las alergias eran mis fieles compañeras. Nunca me impidieron hacer una vida normal, pues en casa me permitían hacer deportes, jugar en el patio y encaramarme en los árboles y si alguna de esas actividades ponía a funcionar el silbido en el pecho, simplemente me daban unas cucharadotas de una medicina horrible que se llamaba Tedral y que me hacía sentir peor que la enfermedad. Pero bueno, todo tiene un precio y ese era el que a mí me tocaba pagar por la diversión.

Sin embargo, hubo dos cosas que jamás pude hacer durante la infancia y que quedaron revoloteando en mi mente como ‘las grandes privaciones’: dormir con una muñeca y tener una almohada de plumas. Mi papá era el secuestrador de muñecas y yo he deducido que en su cabeza era el pelo de la misma lo que me podía causar la alergia porque en aquellos días las muñecas eran unos cuerpos de plástico tieso que difícilmente podían acumular alergenos.

Digo que era el secuestrador porque muchas veces me acosté con una muñeca junto a mí y al día siguiente aparecía por ahí botada en alguna silla del cuarto, o sea que no es que se me caía durante la noche. Nunca pude aceptar del todo su teoría de las muñecas en la cama, pero al igual que los juegos y la medicina, me resigné.

Lo que sí estaba clarito en mi mente es que las plumas no me hacían bien. El único problemita era que en aquellos días las ‘otras’ almohadas eran unos tucos de una espuma durísima que podían atentar seriamente contra la salud del cuello de una persona. Yo sabía la diferencia, pues el resto de la humanidad dormía con la ‘cocotera’ sobre unas almohadas suavecitas que podían acomodarse en la forma que uno deseara, mientras que la mía era como un resorte que siempre volvía a su posición original.

Pasaron los años y yo dejé atrás casi todas las enfermedades de mis primeros años de vida –todavía el polvo me alborota la nariz, pero no es el fin del mundo- mas no el sueño de dormir sobre una almohada de plumas, aunque debo reconocer que la tecnología ‘almohadística’ está muy avanzada y hay unas verdaderas delicias en este campo. Pero terquedad ante todo, un día fui y compré un par que, según yo, se sentían ricas y no costaban un millón de dólares.

Los primeros días yo feliz dándoles de puños para abrirles huequitos por aquí y por allá en los que mi cabeza se acomodaba de maravilla. Sin embargo, no todo lo que uno sueña o se imagina es tal como uno piensa y eso fue lo que sucedió con mis almohadas. Supongo que si hubiera comprado las del millón de dólares no estaría ahora sufriendo, pero no fue así y un buen día empecé a sentir unas cositas que me puyaban. Eran los palitos de las plumas que se metían entre la tela y salían a atacarme durante la noche. Bueno, siguen saliendo porque todavía no me decido a jubilarlas.

Traigo a colación este cuento tan largo porque una noche, mientras luchaba con los atacantes, llegué a la conclusión de que a uno le puede pasar lo mismo en muchos aspectos de la vida. Por ejemplo, uno se imagina que trabajar en la empresa XYZ debe ser lo máximo y canaliza todos los esfuerzos hacia conseguir un escritorio en la misma, pero no bien se ha terminado uno de sentar descubre que la vida no es tan perfecta de ese lado de la cerca.

Igualito puede suceder con una casa, un automóvil e incluso con la persona que uno escoge como compañera para el resto de la vida. Nada es perfecto amigos y la mar de veces solo queremos lo que no podemos tener solo por la dificultad de alcanzarlo y no porque necesariamente sea lo mejor para nosotros. Soñar es lo máximo, todo el mundo debe hacerlo, siempre y cuando el sueño no conduzca a una pelea diaria con unas plumas rebeldes.


 
 
 
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