Publicado el Viernes 22 de febrero de 2008
  Edición No. 936
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POR LA SOMBRITA
Una vuelta al parque

Cada mañana los estacionamientos del Parque Omar están llenos de gente que va a ejercitarse, a pasear el perro, meditar, leer el periódico y hasta a bailar.

Roxana MuÑoz
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Son 3. 5 kilómetros que lo pueden dejar sin aire y en pena. Mi primera vuelta al Parque Omar me tomó hora y 40 minutos. Cuando me puse seria — a caminar rápido, no a pasear— varios señores de más de 55 años y un chihuahua me dejaron atrás ¡botada! mientras yo tenía la lengua de trapo, como dice Juan Carlos Tapia.

Al parque van parejitas agarraditas de manos que se toman dos horas para dar media vuelta, ni sudan (a paso rápido se hace en 35 minutos); señores que tienen diez años caminando todas las mañanas, gente con jacket y fajas, deportistas con pulsómetros tic tic, tic; doñitas que no van a paso rápido, pero que hacen dos vueltas; locos que trotan los primeros 500 metros, ¡con mocasines!, y terminan la vuelta gateando.

No es fácil. No se engañe con los árboles frondosos, las ardillitas y los pájaros, las lomas son ¡zas! brutales, la que más detesto está cerca de la piscina.

Pero ese lugar es lo máximo, me calma y me da energías. Ni la sarta de vulgaridades que gritan los obreros desde las dos construcciones que ahora dan al parque me hacen dudar de ello.

A diferencia de los gimnasios donde siento que debo ir a la moda deportiva, al parque me llevó el suéter que me regalaron por comprar leche en polvo. Hasta vi a una señora caminar con pantalón de pijama.

Del parque tengo amigos cuyos nombres no conozco, me saludan siempre y cuando regreso después de estar varios días sin ir, me llaman la atención.

Veo jóvenes practicando capoeira o karate, jugando baloncesto o fútbol. Los sábados, peloteritos de cuatro y cinco años entrenan en el cuadro. Tan lindos están con sus uniformes que algunos hombres de las construcciones se les quedan mirando con una sonrisa.

Los perros son otros asiduos usuarios, hay algunos que podrían correr una maratón. Me dan lástima los que no están acostumbrados al trote y van con la lengua afuera porque sus desconsiderados o inexpertos amos no les llevan agua.

El punto social es la entrada del parque. Allí empieza y termina el recorrido. Unos se premian con un batido, o una agua de pipa mientras leen el periódico o conversan con amigos en la refresquería. Otros compran raspao. Hay también un puesto de verduras y frutas.

En la pista de patinaje hay una sesión diaria de aeróbicos, en una esquina algunos entrenan movimientos de boxeo.

Temprano se reúne, con suéter amarillo, el grupo Falun Dafa para meditar. Este verano hay un grupo de mujeres de diferentes edades que han armado algo así como una coreografía con los pasos de las canciones Beautiful Liar de Shakira y Beyoncé, y seguido mueven la cadera a ritmo de congo con: ¡Ay Manuela, Manuela! Muchos las contemplamos ejercitarse.

Y como un regalito extra de la naturaleza hace unos días floreció un guayacán en la entrada. Aún me rebasan los veloces cincuentones, pero ya no arrastro la lengua hasta el suelo.


 
 
 
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